viernes, 4 de agosto de 2023

TRES ERRORES CONCEPTUALES...

... SOBRE LA GOBERNABILIDAD DEMOCRÁTICA

 

La democracia está lejos de ser la forma de gobierno perfecta. El problema es que las demás se alejan aún más ―muchas de ellas indeciblemente más― del ideal de perfección. Churchill lo dijo alguna vez con una expresión más elaborada, que la llamada sabiduría popular ha resumido en la lapidaria frase «la democracia es la menos mala de las formas de gobierno», con la que a menudo se pretende zanjar cualquier discusión sobre el tema. Es triste que la mayoría de la gente que vive en sistemas democráticos se conforme con tan poco.

 

Y digo «sistemas democráticos» no en referencia a diversos países, sino a diversos sistemas, porque la idea de democracia no es unívoca, sino que abarca una multitud de variantes, que evidencian tanto la evolución del concepto como su posibilidad de mejora, contrariamente a la concepción estática y obsoleta de muchos políticos actuales. El «gobierno del pueblo» (tal es la conocida etimología del término), como lo concibieron sus reconocidos creadores de la Grecia del siglo V a.C., era todavía un siglo más tarde, en la caracterización que hace Aristóteles de las formas de gobierno, más bien lo que hoy calificaríamos como una oligarquía jerárquica, basada en parte en los niveles de renta, de los ciudadanos atenienses, concepto este que excluía a las mujeres y los niños, así como a los extranjeros y, notablemente, a los esclavos, que eran la fuerza de trabajo (legal) de la época. Hoy difícilmente llamaríamos democrático a un sistema semejante. Es obvio que el concepto ha evolucionado, mostrando en su desarrollo histórico una gran variedad de enfoques estructurales, territoriales, jurídicos, socioeconómicos… Desde regímenes capitalistas a socialistas; república, monarquía o sucesión; federalismo, centralidad o autonomía; constitucionalismo, derecho común o legislatura; presidencialismo o parlamentarismo; alternancia o reelección…, todas pueden ser, o pretenden ser, formas de democracia. Dado el prestigio de que goza el término en las masas de las sociedades modernas, más deslumbradas por su escueta formulación etimológica que conocedoras de su significado, incluso gobiernos manifiestamente represivos han llegado a utilizarlo en un fallido intento de autolegitimación, como el de la extinta República Democrática Alemana, o bien como un atrayente lema, o acaso proyecto de legitimidad, como en la convulsionada e inestable, desde sus inicios, República Democrática del Congo.  

 

 Las instituciones humanas ―y el gobierno es, notablemente, una de ellas― son casi siempre mejorables. Para quienes ven la democracia como una etapa hacia la construcción de una sociedad más justa, equilibrada y humana, los fallos de los varios modelos de democracia son muchas veces evidentes.

 

De todos los aspectos de la democracia susceptibles de mejora, me referiré aquí a tres errores de concepto respecto a su gobernabilidad, esto es, las condiciones que posibilitan o contribuyen a un ejercicio eficaz del gobierno en democracia. Errores en los que incurren con demasiada frecuencia los políticos de todo signo, por una parte anclados en un pobre concepto de la democracia y, por otro, motivados más por ambiciones personales o partidistas que por un auténtico sentido de su función como servidores públicos.      

 

  1. El primero de esos errores concierne a la forma de votación por listas, según la cual el gobierno de «la lista más votada» es el que mejor representa la voluntad de los electores y, por tanto, el más legítimo en un sistema democrático.

 

En primer lugar, la votación por listas de partidos, sobre todo si son cerradas, no es precisamente un ideal de democracia, ya que obliga al votante a aceptar a todos los sujetos de la lista si desea que solo algunos de los que se proponen como candidatos a los puestos legislativos o ejecutivos lleguen al gobierno. Más democrática es la presentación de listas abiertas, donde los votantes pueden seleccionar individualmente a sus representantes. Esto, a su vez, asigna una mayor responsabilidad a los candidatos electos, que se saben escogidos por quienes son o prometen ser en el terreno político, y no inevitablemente por formar parte del grupo al que se han afiliado.


La «lista más votada» es, de hecho, el concepto más primitivo, e incluso falso, de la democracia, ya que basta con que haya más de dos listas para que la más votada pueda serlo con solo un voto por encima del 33%, en cuyo caso dicha lista no representará a dos tercios de la población (obvia matemática elemental, que los políticos deberían conocer y, sobre todo, reconocer). Si hay más de tres listas, como suele suceder, la suma de todas las demás puede llegar a representar tres cuartas partes del total de votos o aún más, superando ampliamente a la lista más votada, que representa, por tanto, a una clara minoría de votantes.

 

Para evitar que esta forma de votación pueda desembocar fácilmente en el gobierno de una minoría, se han ideado varios procedimientos. La «segunda vuelta», o segunda votación, restringida a las dos listas que hayan obtenido el mayor número de votos (o a los dos candidatos si es una lista unipersonal, como en el caso de elecciones presidenciales), asegura que la lista finalmente electa cuente, al menos en segunda opción, con el respaldo de la mayoría del total de los votantes. Esto se hace en algunos sistemas presidencialistas, como el francés, así llamados porque el presidente puede ejercer en forma directa algunas prerrogativas que en otros sistemas corresponde, por ejemplo, a los cuerpos legislativos. La legislación estadounidense, por citar otro caso, contempla un sistema complejo de elección indirecta, que pasa por diversos estadios de distinta ponderación. 

 

Otra opción, más propia de los sistemas parlamentarios, como el español, es la que confiere la responsabilidad de elegir el presidente o, en otros países, el cuerpo de gobierno, a los parlamentarios que hayan obtenido representación a través del voto. La lista más votada parte con una mayor representación directa frente a cada uno de los demás grupos, por lo que suele corresponderle, en principio, iniciar la tarea de formar gobierno. Asignando una mayoría, que puede ser simple o calificada, al resultado de la elección parlamentaria, los acuerdos y pactos que se establezcan entre los grupos aseguran que el gobernante finalmente electo represente a una mayoría de los votantes, que será previsiblemente mayor ―y, por tanto, resultará en un gobierno más legítimo― que la representación obtenida por la lista más votada.

 

Quienes hablan de legitimidad deberían tener presente que en un sistema democrático el grado de legitimidad es obviamente mayor cuanto más amplia, diversa e inclusiva es la representatividad del cuerpo gobernante.    

 

  1. El segundo error es suponer que el gobierno «en solitario» del partido ganador de las elecciones es la forma mejor y más eficaz de gobernar.

 

Dada la dificultad que pueden presentar los pactos de gobierno, por los que el grupo gobernante no podrá hacer en su mandato todo lo que desea o bien no hacerlo exactamente del modo que desea, los partidos políticos, tanto en los sistemas presidencialistas como parlamentarios, aspiran a obtener el voto masivo de los electores, que les dé directamente la mayoría parlamentaria para poder gobernar sin los obstáculos que pueda significar la oposición.  

 

Este objetivo, que suelen compartir todos los partidos y los políticos que se autodenominan demócratas, es, contrariamente a lo que ellos pretenden, lo más opuesto a la democracia, ya que es lo que más se asemeja a una dictadura de partido único. Frente a una mayoría avasallante es poco, y a veces nada, lo que puede hacer una oposición cuyos votos parlamentarios no suman lo suficiente para ser tomados legalmente en cuenta. Con ello se corre el riesgo de perder el control sobre la acción de gobierno, que podría actuar sin freno al margen de toda opinión o criterio que no fuera el suyo.

 

Para evitar que esto suceda, un intento es suprimir la llamada «disciplina partidista», de modo que cada parlamentario tenga libertad de votación frente a las propuestas presentadas, independientemente del partido al que pertenezca. Los debates tendrán en tal caso un efecto más directo sobre las conciencias de los parlamentarios, que pueden aceptar o rechazar cualquier propuesta, incluidas las de su propio grupo; lo que, en teoría, permite frenar más fácilmente las propuestas que obedezcan simplemente a determinados intereses partidistas.

 

Un modo más eficaz de evitar lo que podríamos llamar la dictadura del grupo gobernante ―por desgracia demasiado común en los sistemas democráticos modernos― es mediante la aprobación de leyes que impidan la formación de mayorías absolutas detentadas por un solo grupo o partido. Esto podría hacerse al menos de dos maneras: restringiendo la representación parlamentaria máxima de los partidos, digamos por ejemplo a un 49%, cualquiera que sea la votación obtenida por encima de ese límite, de modo que los partidos mayoritarios se vean obligados a pactar con otros para obtener la mayoría absoluta, que sería en tal caso más diversa y, por tanto, más representativa del conjunto de la población; o bien estableciendo como requisito para la formación de gobierno la obtención de una mayoría cualificada entre los distintos grupos de representantes (lo que, por otra parte, ya se hace en algunos sistemas para aprobar determinadas leyes o acciones consideradas especialmente relevantes).

 

Evitar por principio que cualquier grupo pueda ejercer un gobierno «en solitario» al margen de los demás grupos parlamentarios contribuiría, contrariamente a la prédica y a los intereses particulares de la mayoría de los partidos políticos, a una mayor representatividad y a un mejor control de las actuaciones del gobierno.                    

 

  1. El tercer error al que me refiero es pensar que tener que recurrir a pactos con otros grupos parlamentarios para cumplir sus funciones es una muestra de la «debilidad» de un gobierno.

 

Justamente es todo lo contrario. Quienes así sostienen demuestran tener una idea muy primitiva, y diríase que peligrosa, de la acción de gobierno, más basada en la fuerza del poder que en la negociación y, por tanto, más propia de sistemas represivos. Bajo ese prisma, que aún comparten en nuestros días de «auge de las democracias» algunos nostálgicos de los regímenes «fuertes» del pasado, la democracia sería la más débil de las formas de gobierno. Pero es un prisma obsoleto y desgastado por la historia. Por supuesto que en una sociedad plural los acuerdos no son fáciles de alcanzar. Pero son la única forma racional de convivencia. Negarse a pactar en principio con quienes piensan de otro modo es ignorar el pluralismo de la sociedad que se pretende representar. Toda decisión de gobierno que no tenga opción de discusión, réplica o modificación, por aceptable que pueda ser para algunos, tarde o temprano será rechazada por aquellos para quienes representa una imposición. En cambio, los acuerdos derivados de una voluntad compartida tienden a mantenerse.

 

La fortaleza de la democracia, menos llamativa pero más firme y perdurable que la de cualquier régimen «fuerte», no reside en el ejercicio incontestable del poder sino en la capacidad de diálogo y de negociación entre las partes.  

 

No es de extrañar que un concepto en principio tan abstracto como «el gobierno del pueblo» adopte formas tan variadas en sus intentos de realización práctica. Pero cualquiera que sea la forma de participación elegida, asamblea, referéndum, representación directa o indirecta, o alguna combinación de estas o alguna otra, es evidente que un gobierno será más democrático cuanto más multifacética e incluyente sea su estructura gubernativa, como reflejo de la multifacética y variada complejidad de la población.      

Los errores señalados se apartan de esta inclusividad de manera tan obvia que es difícil entender que haya políticos que los sostengan. Aunque hay que reconocer que lo hacen cuando ello conviene a los intereses de su partido o a los suyos propios; cuando no, están prestos, en esto y en muchas otras cosas, a asumir la posición contraria. Peor es que, en ambos casos, intenten con su prédica captar adherentes entre los votantes sin que les importe, al parecer, su coherencia personal (no hablemos ya de la validez de su argumento), lo que tiene un indudable efecto sobre su credibilidad para quienes se tomen la molestia de analizar su discurso ―supongo que, en su experiencia, tan pocas personas que, en definitiva, obtienen entre la masa del pueblo rédito suficiente que sumar para sus intereses y los de su base de votantes incondicionales (cuyas motivaciones serían objeto de otro análisis). En resumen, solo caben dos razones por las que alguien podría incurrir en errores tan crasos: ignorancia o mala fe. Lo que no excluye una tercera: ignorancia y mala fe.       

 

 [Imágenes, de arriba abajo, cortesía de garten-gg, Clker-Free, Ángel Turrado, Pedro Suárez. Comunidad Pixabay.] 

viernes, 31 de marzo de 2023

¿Geopolítica sin Ética?

  Es claro que el anterior análisis parte de la declarada concepción de la política como un «ejercicio racional de organización social, idealmente orientado al bien común», expresión que puede considerarse una definición mínima de la actividad política, basada en un fundamento ético. Quienes, por el contrario, consideran la política como la otra caracterización allí apuntada, el ejercicio del poder para el control de ciertos recursos (agrícolas, energéticos, de espacio…, en general geográficos o económicos), piensan que este enfoque, ampliamente difundido a través de la moderna geopolítica, respalda determinadas acciones marcadas por la rivalidad y la confrontación entre países o facciones para la consecución de unos recursos siempre limitados ―como señaló Malthus― que garantizarían el bienestar de su población; confrontación que puede conducir a negociaciones o a movimientos estratégicos de posicionamiento, apropiación y defensa que no excluyen la posibilidad de enfrentamientos directos para, finalmente, si no se aniquila totalmente al adversario en el campo de batalla o no se consigue doblegarle por completo, como quería Clausewitz, ir a la mesa de negociación, preferiblemente desde una posición de fuerza.

¿Es esto así? ¿Hay en realidad dos concepciones opuestas de la política, una fundamentada en la ética social (el bien común) y la otra en un juego estratégico de posicionamiento y defensa? ¿Existe una oposición entre la geopolítica y la ética?

Lo primero que hay que decir es que ambas concepciones de la política descansan de algún modo en la ética social, ya que las dos se orientan en última instancia a conseguir el bienestar de la población (si bien en uno de los casos, de una población sobre otra). Si admitimos, siguiendo principalmente a Lossau, maestro de Clausewitz, que la finalidad de la guerra es «administrar la paz», ello nos lleva a plantearnos si la oposición entre ambos enfoques reside más bien en sus respectivos métodos. Es la conocida pregunta ya suscitada por la obra de Maquiavelo: ¿el fin justifica los medios?

La geopolítica puede definirse a grandes rasgos, a partir de la obra del geógrafo alemán Friedrich Ratzel a finales del siglo XIX (aunque sus antecedentes se remontan a Montesquieu y aún antes), como el estudio de las relaciones políticas y sociales entre los países, Estados y grupos humanos, en conexión con el medio geográfico y las condiciones del entorno natural. Uno de los conceptos introducidos por Ratzel, el de «espacio vital» de una nación, fue utilizado por los nazis para justificar su expansionismo en el origen de la Segunda Guerra Mundial. Esto, sumado al hecho de que los primeros tratados de geopolítica versaran fundamentalmente sobre problemas militares y estratégicos, ocasionó posteriormente el descrédito de esta ciencia en muchos medios académicos y en la población en general debido al sentimiento antibelicista tras la guerra. No obstante, a partir de los años 70 del siglo pasado, resurgió un interés por la geopolítica que ha dado origen a nuevas escuelas de pensamiento a veces alejadas del militarismo, basadas en el análisis de la influencia política y el poder económico de los Estados y las organizaciones internacionales, incluso con proyecciones en el ámbito empresarial multinacional. Sin embargo, en el discurso geopolítico siguen imperando conceptos como poder, control, dominio… (político o económico), con frecuencia con implicaciones estratégicas si no directamente militares.  


Pero las acciones y reacciones en contra o a favor de la geopolítica, cualquiera que sea el debate que susciten desde determinadas posiciones éticas, ideológicas o simplemente prácticas, nada tienen que ver con la ciencia como tal.

La primera tarea de toda ciencia es definir y describir correctamente su objeto de estudio. A diferencia, por ejemplo, de la matemática, que trata de conceptos abstractos, en el caso de las ciencias sociales, que estudian cuestiones de hechos, esa descripción incluirá los intereses y objetivos de grupos e individuos como explicación de los fenómenos observados (en ocasiones recurriendo a otras ciencias que les son auxiliares, como la antropología o la psicología). La geopolítica, como ciencia social, explica la acción política por la necesidad de poseer, manejar y asegurar los recursos necesarios (geográficos, económicos) para garantizar la supervivencia de la nación y el bienestar de la población. Entre las causas determinantes de los hechos que examina, además de necesidades e intereses prácticos, están las actitudes, interpretaciones e intenciones de los respectivos agentes sociales: dirigentes, partidos y organizaciones políticas, grupos de presión y de opinión, posiciones de los países en conflicto, etc. Pero es sabido que las explicaciones de las ciencias sociales no tienen el carácter lógico inexorable de las leyes naturales. Con frecuencia sucede que distintos individuos o grupos responden de distinta manera ante una misma situación, o una misma persona o sociedad en momentos diferentes de su historia. Es un hecho que tanto las motivaciones como las valoraciones humanas cambian con el transcurso del tiempo y la evolución de las sociedades. Un ejemplo pertinente es la esclavitud: considerada por muchos desde la Antigüedad, y hasta épocas relativamente recientes, como un recurso natural y hasta necesario para el desarrollo económico y productivo, su práctica (tras muchas discusiones y vaivenes legales) fue finalmente proscrita en todo el mundo, y el solo descubrimiento de cualquier caso de moderna esclavitud laboral o sexual nos horroriza hoy día. Que ciertas motivaciones, por relevantes que sean (como es la economía), hayan estado en la base de determinados actos (incluida la guerra) no establece una causalidad inevitable ni implica que sea así en el futuro (y mucho menos que deba serlo). Podemos razonablemente suponer que el enfrentamiento y la guerra no son intrínsecos ni ineludibles a la actividad geopolítica.

Por otra parte, es un error común confundir explicación con justificación, y en el caso de la geopolítica esta confusión ha empañado la consideración de su objetivo, que no es respaldar ni justificar los hechos. Las ciencias sociales no tienen por función reglar ni justificar acontecimientos, sino describirlos y explicarlos. Así como la explicación psicosocial de la criminalidad no justifica el crimen, ni las raíces históricas de la marginalidad justifican la pobreza, la explicación del origen y el desarrollo de las guerras (o de las formas históricas de resolver los conflictos) no equivale a su justificación.   

 

Cuando se usa la geopolítica no para describir o explicar determinados hechos o actitudes, sino para justificarlos a la luz de ciertos objetivos o como respuesta a tales o cuales acontecimientos, se pasa del terreno de la política a la ética. 

La ética, considerada no en su dimensión filosófica de indagación de conceptos como el bien, la justicia o el deber ser (lo que técnicamente se denomina metaética), sino como área práctica de estudio de la conducta humana, es una ciencia normativa (a diferencia de las descriptivas, como la geopolítica) cuyo objeto es determinar formas de comportamiento encaminadas a la consecución de una finalidad dentro del ámbito de la moralidad. La finalidad a la que se orienta la conducta en cada caso es un criterio axiológico, un valor racionalmente establecido ―que, por otra parte, tampoco tiene el carácter ineludible de una norma lógica, sino que es objeto de nuestra decisión responsable.

Por supuesto, dada nuestra condición de seres racionales, el ámbito de la ética es toda la actividad humana, considerada dentro de los parámetros de los conceptos metaéticos. Pero, por su propia definición, la ética no se opone a ninguna otra ciencia, natural o humana. En particular, no se opone a la geopolítica. No solo sus áreas de estudio específicas son diferentes, sino también sus métodos y sus objetivos. Una busca fundamentalmente entender ciertos comportamientos, la otra señalar formas de actuación moralmente dignas. No obstante, dado que la ética permea todas nuestras acciones, dentro o fuera de la actividad científica, la confusión apuntada entre explicación y justificación hace que pueda parecer una oposición entre formas de conocimiento lo que en realidad es una oposición respecto a posibles formas de utilización de los conocimientos adquiridos.

El hecho inmoral de que una de las primeras aplicaciones de la energía nuclear fuera el lanzamiento de dos bombas atómicas sobre poblaciones civiles no se opone a la física de partículas. La ética no concierne al conocimiento aportado por la ciencia sino al uso que hagamos de él, como de cualquier otro medio o instrumento, con un fin determinado. Así como un médico puede ser una persona despreciable (piénsese en los experimentos nazis en los campos de concentración), un estadista puede guiar sus actuaciones dentro de principios éticos, si decide emplear los conocimientos provenientes de la geopolítica en aras del bien común, en un sentido inclusivo, en lugar de buscar beneficios egoístas o grupales en detrimento de otras personas o grupos humanos. Así como podemos usar un martillo para facilitarnos un trabajo o para arrojárselo a la cabeza al vecino en medio de una discusión, podemos hacer uso de la geopolítica para planear el bienestar común o para planear la guerra. Mientras que la ciencia misma es indiferente a los conceptos del bien o el mal, lo que hagamos con ella depende de nosotros. 

 

En la geopolítica o fuera de ella, el fin no justifica los medios. Es cierto que a veces podemos sacrificar un bien menor actual en aras de un bien mayor futuro; pero ello requiere de una atenta consideración de ambas situaciones, ya que tal decisión comporta la pérdida de una realidad tangible a favor de lo que en el momento es solo una posibilidad. En todo caso, es una cuestión de decisión personal, que no tenemos derecho de asumir en nombre de otros seres racionales con capacidad de decisión sobre sus propias vidas. Menos aún si ese supuesto bien futuro, inexistente en el momento, implica perjuicio para otras personas. Y aún menos si el supuesto bien futuro lo es, ya desde su concepción, solo para algunos, a costa del sufrimiento y la injusticia de quienes con toda probabilidad no habrían buscado ni querido para sí esa situación. En el terreno de las consecuencias, «la guerra es un asunto muy serio», como subraya Sun Tzu en El arte de la guerra. Entre otras cosas, porque el adversario, dentro de su legítimo derecho a la defensa propia y de su población, probablemente se sienta obligado a responder también con la fuerza, con repercusiones cada vez más impredecibles para las partes dentro y fuera del conflicto.     
       

Es de esperar que, con el tiempo, lleguemos a ver las «justificaciones» geopolíticas de la guerra como el mismo tipo de salvajada que sería intentar resolver una disputa doméstica arrojando un martillo a la cabeza del vecino.

Quienes no aprobarían la violencia ―mucho menos el asesinato― como medio para resolver un conflicto, menos deberían aceptar supuestos argumentos geopolíticos para la guerra, que inevitablemente significa muerte, sufrimiento, desgracia y destrucción para multitud de personas inocentes.

 

 [Imágenes superior e inferior respectivamente cortesía de Mariana Anatoneag y Ana, Pixabay. Imagen central del autor.] 

viernes, 17 de febrero de 2023

EL ABSURDO DE LA GUERRA

  

La mayoría de países del mundo, la virtual totalidad de las organizaciones humanitarias y toda persona con un sentido común que vaya algo más allá de una visión conformista de los hechos, están y estarán siempre en contra de la guerra. La desafortunada frase de Clausewitz, compartida aún hoy por algunos intelectuales que no rechazan la violencia (lo que es casi un oxímoron), de que «la guerra es la continuación de la política por otros medios», es palmariamente falsa. La guerra es el fracaso de la política.

Aristóteles calificó al ser humano de zoon politikon, «animal político», dotado de la facultad de organizarse en sociedad bajo principios de razón. Aunque no es el único animal social (las abejas, las hormigas y otros también lo son), es, en cambio, el único «animal racional», capaz de expresar y dirimir mediante el lenguaje los problemas que surgen en su particular vida social, no determinada por el instinto natural como en el resto de los animales. Frente a la opción del lenguaje, el recurso a la violencia comporta el abandono de la razón a favor de la fuerza. La afirmación de Clausewitz de que «el uso de la fuerza física en su máxima extensión no excluye en modo alguno la participación de la inteligencia» implica poner la facultad que nos distingue de los animales al servicio del recurso animal más básico, la brutalidad.

Para quienes la política es un ejercicio racional de organización social, idealmente orientado al bien común, es claro que la guerra es exactamente lo opuesto. Súmense todos los males imaginables que el ser humano es capaz de infligir en todas sus formas: asesinatos, mutilaciones, violaciones, tortura, esclavización, genocidio, extorsión, saqueo…, crímenes de todo tipo. Multiplíquese por cualquier número. Eso es la guerra. ¿El resultado?… Muerte, destrucción. Para los sobrevivientes, pérdidas, hambre, abandono, sufrimiento. Familias rotas, vidas destrozadas. Quizás (porque el resultado de la violencia es impredecible) alguna ganancia política para el vencedor ―dentro de un concepto de la política distinto del anterior: el control de determinados recursos (espacio, materiales, energía, «seguridad»…) cuyo deseo de posesión motivó el inicio de las hostilidades. Dado que el azar interviene en gran medida en el resultado de cualquier acto de violencia (como reconoce ampliamente Clausewitz), la guerra es una de esas cosas que se sabe cuándo empiezan, pero nadie sabe cuándo ―ni cómo― terminan. Ni aún el que la inicia, como enseña abundantemente la historia. Al enorme costo económico de una guerra ―armamento, materiales, logística, vehículos de todo tipo, movilización, alimentación, ropa y equipamiento de las tropas, a lo que hay que añadir la subsistencia, protección, eventuales traslados, alojamiento y organización de la sociedad civil― se suma el incalculable precio en vidas humanas, la destrucción y pérdida de viviendas, fábricas, infraestructuras, bienes materiales y culturales. Más resentimientos y heridas psicológicas y sociales que pueden persistir durante generaciones, además de la escasez y el malestar económico y social que suelen suceder a las guerras.

Quienes piensen que el balance vale la pena es porque, lo admitan o no, ven las vidas de las personas (y, seguramente, también el patrimonio artístico y cultural destruido por las guerras) tan prescindibles como cualquier bien material sustituible, frente a la perspectiva de lograr cierto objetivo político ―dentro de esa estrecha concepción de la política como ejercicio de poder o posesión.

Aun cuando se afirme, como hace Clausewitz siguiendo a su predecesor, también militar, von Lossau, quien era más claro en esto, que el objetivo final de la guerra es asegurar las condiciones de la paz que seguirá (curiosa actitud, rayana en la contradicción) podemos ―en rigor, debemos― preguntarnos si de verdad no hay formas menos dañinas y destructivas de organizar la paz.  

Si dedicáramos a la solución de los intereses encontrados entre los distintos países o entre facciones de un mismo país ―o más bien, entre sus dirigentes― el mismo celo que dedican los estrategas a planificar guerras, probablemente tendríamos una teoría de la resolución racional de conflictos bastante acabada y eficaz, al haber orientado desde hace tiempo a la obtención de soluciones útiles para todos la energía que políticos y militares dedican a preparar y desarrollar ese curioso y desatinado «medio de hacer política».

 

 

 

 

jueves, 6 de octubre de 2022

SOLDADO

 

I don’t wanna be a soldier momma, I don’t wanna die

―John Lennon

 

… or kill

  

I 

 

Como a tantos, en la escuela le habían enseñado a amar a la Patria. Y, como algunos, cuando tuvo edad se alistó en el ejército. La paga no era demasiado buena, pero tampoco del todo mala; y para un muchacho que busca qué hacer con su vida mientras no se le ocurren otras opciones, el Ejército le ofrecía una ocupación, algún dinero para gastar los días libres, un cierto atractivo para las chicas, por lo que había visto…, y hasta un retiro honorable, aunque esto último era en lo que menos pensaba en ese momento. También aprendería cosas como geografía, estrategia, algo de historia… Desde luego, manejo de armas, de algunos aparatos, puede que de vehículos pesados y, con algo de suerte, quizás hasta un oficio que también le serviría fuera del Ejército. Aunque esa posibilidad tampoco lo motivaba especialmente porque, si le iba bien, podría seguir en el Ejército toda su vida… o hasta que fuera lo bastante viejo para retirarse, lo que sería dentro de mucho tiempo. La de militar era una profesión respetada en todas partes. Sobre todo si ascendía a los rangos superiores. Entonces sería él quien diera las órdenes. O más bien quien las transmitiera desde niveles más altos, donde solo llegaban unos pocos. Aun así, siempre estaría sujeto al mando supremo, que era, por lo que sabía, el jefe del Estado. Pero mientras llegaran o no las posibilidades de ascenso, de momento solo una idea remota, no tendría que preocuparse por su futuro ya que no consistía en eso la profesión de soldado sino, como le habían inculcado, en servir a la Patria.

 

A cambio de los beneficios de pertenecer al Ejército, debía renunciar a la libertad de hacer lo que le viniera en gana como hasta ahora, aunque no es que estuviera haciendo gran cosa. Y poner su voluntad al servicio de un fin tan elevado tampoco le molestaba demasiado, principalmente porque le evitaba la angustiosa tarea de decidir qué hacer con su vida. Así pues, que otros más sabios que él decidieran. Estaba felizmente dispuesto a no cuestionar y ni siquiera plantearse el propósito o el sentido de las órdenes que recibiera. Su función no era pensar sino hacer. Debía convertirse en un instrumento, y un instrumento eficaz, al servicio de quienes dirigen los destinos del país.

 

La primera prueba de su compromiso con unos objetivos de tal trascendencia era la pérdida de su individualidad… aunque él no lo habría dicho de esa manera. Es verdad que desde el momento de ingresar al Ejército tuvo que decir adiós a las ropas que vestía, a su modo de peinarse, o de no hacerlo, a ir adonde quisiera, a vaguear ocasionalmente o todo el día, y hasta a su modo de moverse y su postura corporal. Y acostumbrarse a hablar solo cuando le dieran permiso. Pero, en realidad, solo estaba dejando atrás una etapa: cosas sin importancia como las que hacían otros muchachos de su edad. Desde ahora, mismo corte de pelo, misma pulcra apariencia, mismo pormenorizado horario cada día, mismos modales, mismas tareas que sus nuevos compañeros ―salvo, claro está, que sus superiores le ordenaran otra cosa en algún momento. Su nueva vida sería simplemente la marca de su pertenencia a otro grupo, un grupo diferente, un grupo de élite, podría decirse.

 

Pronto se vio inmerso en esa nueva vida. Una que lo absorbía por completo, más llena de entrenamientos, prácticas, tareas y cosas que hacer de lo que podía haber imaginado. Días que le llegaban planificados al detalle, sin un instante de ocio, sin tiempo de aburrirse o de pensar. Noches para dormir sin tiempo de soñar, sin más duración que la justa para recuperar fuerzas para el día siguiente. Los escasos resquicios entre el flujo incesante de actividades le dejaban apenas tiempo de entender que ahora era una pieza mínima de un gigantesco engranaje del que no conocía las razones ni el propósito excepto su deber de obedecer, y tampoco debía ni quería conocerlos. Como era de esperar, ninguno de los compañeros de su contingente, piezas de engranaje como él, se distinguía de los demás, porque la misión de todos era, exclusivamente, una y la misma: cumplir con exactitud las órdenes recibidas sin pensar otra cosa que no fuera la mejor manera de cumplirlas. La misión del soldado, como no cesarían de repetirle durante toda su formación en el Ejército, es convertirse en el más puro instrumento al servicio de la Patria ―o de lo que sus superiores y, en última instancia, la jefatura del Estado (ya fuera una persona, un comité, o un organismo o institución política, no era asunto que le concerniera) determinaran que fuera la mejor manera de servir a la Patria.


Soldado (de sueldo: asalariado, pagado):

que sirve en la milicia (de militar, de miles: muchos) a los fines de la guerra

[Imagen cortesía de Oleg Mityukhin, Pixabay]

Continúa: Parte 2

SOLDADO (Parte 2)

 Viene de... Parte 1

  

II

 

            Y así, llegó el día en que recibió la orden de trasladarse junto con las demás tropas asignadas a los confines del país con el fin de realizar ejercicios militares en una nueva ubicación, que era, como siempre, la única novedad. Lo demás, los mismos o parecidos simulacros de ataque y defensa, de avances estratégicos, de retirada, reagrupación y recuperación del territorio, de mantenimiento de las posiciones ocupadas. Operaciones conjuntas con el apoyo de los diversos cuerpos: aviación, artillería, marina… En esta ocasión los ejercicios se prolongaron más que en las anteriores y, llegado un momento, se recibió la orden de traspasar la línea claramente delineada en los mapas, pero del todo inexistente en el terreno, que marcaba el límite de la jurisdicción de la Patria. Sin dudarlo, cumplió por su parte la orden recibida y pronto estuvo junto con su batallón del otro lado de la línea imaginaria. Durante días avanzaron, obedeciendo órdenes, en la dirección indicada por los mapas y los aparatos de posicionamiento. Cuanto alcanzaba a ver en todas direcciones no se diferenciaba de los deshabitados parajes donde habían empezado los ejercicios militares. Tal vez más adelante cambiara la forma del terreno o la vegetación, o llegara a notar alguna diferencia en el clima…, pero por los momentos nadie podría haber dicho que estuvieran en otro lugar.

 

Les habían advertido que todo poblado o grupo humano que encontraran desde ahora era enemigo, y que nada debía detener su avance. Debían no solo vencer toda resistencia del adversario, al que verían pronto o tal vez no, ya que las guerras modernas se libran principalmente a golpes de misiles, bombardeos de precisión y artillería desde lugares cada vez más alejados, mucho antes de que las tropas lleguen a ocupar físicamente los centros del país enemigo. También debían cuidarse de posibles ataques de la población civil, que podría ser hostil a su avance. Aunque, claro está, ellos no eran un ejército de ocupación sino de liberación, como habían dicho sus superiores.

 

Desde entonces los disparos de proyectiles, fuegos de artillería y descargas de ametralladoras que habían estado lanzando a un enemigo tan imaginario como la línea fronteriza de los mapas, empezaron a apuntar a objetivos reales, la mayoría de las veces lejanos e invisibles, pero que solían responder el fuego y con los que de vez en cuando tropezaban en el terreno. Enfrentamientos unas veces cuidadosamente calculados, otras inesperados, otras venidos de lejos, como la mayoría de los ataques que ellos realizaban, señalados por el silbido premonitor de bombas y misiles. Siempre cargados de rugidos ensordecedores que ahogaban los sonidos de los vehículos e instrumentos mecánicos y de los dispositivos electrónicos, y que se mezclaban con voces humanas y órdenes gritadas por los aparatos o de viva voz, a veces acompañadas de estallidos cercanos y trozos de cosas que volaban en todas direcciones. Entre el ruido de disparos y explosiones, el humo y la metralla, sufrieron algunas pérdidas de equipos y pertrechos, y también humanas. Vio morir, a veces de golpe y sin que llegaran a darse cuenta, a veces lentamente, entre espantosos gritos o exangües gemidos de dolor, a algunos de sus compañeros, enteros o con el cuerpo destrozado, muchos de su misma edad que, como él, tenían a sus padres y acaso hermanos o hermanas en la Patria que habían dejado atrás. Tras la batalla, durante los organizados descansos en medio del amplio espacio vacío que no parecía pertenecer a nadie, cruzado por algún río o carreteras que nunca eran de fiar, a veces recibían noticias del avance de su ejército en algunas posiciones, y de retroceso en otras. Según las órdenes, se trasladaban, permanecían a la espera, se internaban en la dirección indicada, lanzaban misiles o realizaban movimientos estratégicos para respaldar a otros batallones, a los que generalmente no veían. Los combates, al principio espaciados por días de tensa inercia, se fueron haciendo más frecuentes. Las órdenes se tornaron más estrictas y las acciones más persistentes, más brutales. A veces debían avanzar a toda velocidad y a toda costa, a pesar de la resistencia, organizada u ocasional, que encontraran. Junto con sus compañeros bombardeó, ametralló, acribilló y tomó posiciones, vías, materiales e instalaciones. Aplastaban la resistencia a su paso destruyendo y arrasando. Dado que la posesión de los centros poblados, grandes o pequeños, era lo que mejor marcaba el dominio del terreno ―aunque hasta ahora solo habían pasado por pequeños pueblos en dirección a las grandes ciudades, aún lejanas― el control de los lugares habitados y el desmantelamiento de toda resistencia para los contingentes que vendrían detrás eran vitales para el objetivo de la guerra.

 

Cada vez más tuvieron que luchar­ no solo contra­ las tropas enemigas sino también contra civiles armados que aparecían de improviso de entre los árboles o surgían de escondrijos tras las rocas al borde del camino o al girar un recodo. Partidas que realizaban sabotajes y ataques por sorpresa, que podían ser mortales, aunque ellos se mantenían en estado de alerta. Al llegar a cada nueva población era común que recibieran disparos desde las casas o graneros. Cuando capturaban a esos combatientes improvisados, la mayoría se negaba a decir lo que sabían del ejército enemigo o de los grupos de resistencia, incluso después de grandes presiones, que ellos nunca llamaban tortura. Para hacerles hablar había que amenazar a sus familias, herir, mutilar o matar a los suyos, violar a sus mujeres y a sus hijas. Con el tiempo, estos procedimientos se hicieron habituales, porque con frecuencia daban resultado. Para evitar represalias se hizo necesario ejecutar a los más rebeldes que pudieran después vengarse o reagruparse tras su paso. Al final, acabaron por matar a casi todos los que pudieran combatir, hombres o mujeres, ya que debían protegerse las espaldas y era mejor estar seguros de no dejar detrás posibles focos de resistencia. En las últimas poblaciones que encontraban disparaban a los hombres sin preguntar y luego violaban a las mujeres, sin tener que preocuparse ya por sus maridos. No todos sus compañeros hacían esas cosas, pero sí muchos. Tampoco todos los oficiales, aunque algunos las permitían, y los había que se unían al resto del batallón. Claramente, no había una política al respecto. Era un pequeño espacio de libertad donde cada quien podía hacer lo que quisiera. Era la guerra. En momentos así se acordaba de su madre y de su hermana, de su padre, y no podía evitar verlos en el vano forcejeo de un hombre bajo una fuerza grupal desproporcionada, en la mirada perdida o enloquecida de las mujeres, como si no pudieran comprender lo que les estaba pasando. Ante la vergüenza y la indignación en el rostro de una mujer sometida por unos muchachos que podrían haber sido sus hijos, se la imaginó como sería apenas unos días antes, lejos de aquel brete, al lado de un marido atento, como recordaba a sus padres. Tras vencer la escasa oposición de esos campesinos, las muchachas que aún no habían sido violadas eran presa fácil de algún grupo que terminaba de arrancarles las ropas y abusar de ellas hasta el cansancio, entre sus inútiles gestos de resistencia y sus gritos. Otras quedaban inánimes, calladas, con la vista fija y ausente, del todo vulnerables. A veces, después las mataban también a ellas. Así, al menos dejaban de sufrir, ya sin padres ni hermanos, sin algún posible enamorado, para entonces probablemente muerto… Él se mantenía al margen. En los breves momentos en que se permitía pensar, pensaba que no se había alistado para eso. Por su parte, prefería acercarse a una chica despacio, dejando transcurrir el tiempo para enamorarse y enamorarla. Una chica que le sonriera, que se divirtiera con él y quisiera estar a su lado. Que lo aceptara y lo acariciara suavemente. No que se revolviera bajo su empuje brutal, golpeada y sostenida por multitud de otras manos. Cuando las cuadrillas entraban en las casas, él se apartaba a un extremo del poblado, lejos de los gritos de las víctimas y las risotadas de los perpetradores, a quienes no veía entonces como sus compañeros. Se iba a vigilar de cualquier posible ataque, a la espera de órdenes, cualesquiera que fuesen. No era su deber pensar. Debía ser un buen soldado.

 


En ocasiones, al salir del que hasta entonces habría sido un pueblo trabajador y apacible, con el fragor de los disparos y las explosiones persistiendo aún en los oídos y el crepitar de las llamas que salía de alguna ventana rota, oía el llanto solitario de un niño o una anciana junto a un cuerpo inerte, cerca del cráter de una granada o de una pared con enormes agujeros de balas. A diferencia del límite artificial que habían cruzado tiempo atrás, el paso de la tropa marcaba una divisoria real entre dos mundos. El paisaje aplastado y humeante de un gris apagado a sus espaldas contrastaba con el verdor de los campos en la dirección de su avance. Al mirar atrás le parecía estar viendo una vieja película en blanco y negro, como las que hacía una eternidad solía ver con su padre, sentados frente al televisor los fines de semana, esas noches en que se acostaban tan tarde que casi les sorprendía el primer resplandor del sol en la ventana, si no se quedaban dormidos en el saloncito de la casa, hasta que a su padre lo despertaba el suave deambular de su madre, y a él el olor del café recién hecho o la cercanía del juego de su hermana. Ahora su propio paso era la frontera móvil entre un blanco y negro de muerte y abandono y la variedad de verdes que le eran familiares desde niño. Al mirar al frente se veía en los veranos jugando frente a la ventana de la cocina donde su madre preparaba la comida mientras esperaban que su padre volviera del trabajo, y casi llegaba a sentir el aroma familiar que se anticipaba a la voz de ella, hasta que, después de la tercera o cuarta llamada, acudía por fin, perezoso, a sentarse con su hermana en la mesa… Verdes que armonizaban de forma natural con las casas y las gentes de los poblados que encontraban, que corrían a ocultarse o a dispararles desde sus escondites, motivando una vez más su respuesta implacable, obligándoles, como les habían enseñado, a destrozar casas y graneros, a aplastar vehículos, máquinas y aperos, a desgarrar a sus gentes, a no dejar intacto nada que pudiera aprovechar el enemigo… Sí, la dicotomía cromática del paisaje marcaba su orientación mejor que cualquier mapa, tornando inútiles las maniobras de los lugareños por arrancar o cambiar de sitio las señales de las carreteras, con la vana esperanza de confundir su avance.

 

En las arengas que recibían, que se fueron haciendo cada vez más espaciadas, les informaron escuetamente que la ocupación no marchaba del todo como estaba previsto, y que pronto recibirían municiones y refuerzos. El enemigo, al parecer, había hecho retroceder a su ejército en varias posiciones. Es posible que hubieran de intensificar los ataques y que los mandos superiores dieran la orden de emplear armas más destructivas. Debían protegerse, con los equipos especiales que tenían y otros mejorados que venían en camino, de las armas más avanzadas que probablemente usaría también el enemigo, tan letales como las suyas. Él sabía que esas armas, quienquiera que las usara, acabarían con la guerra, extendiéndose como una nube invisible que lo envuelve todo.

 

[Imagen cortesía de Ivan Ilijas, Pixabay]

 Continúa: Parte 3 (Final)

 

SOLDADO (Parte 3 – Final)

Viene de... Parte 2


La dignidad humana se fundamenta en la facultad del ser racional

 de decidir sobre sus propios actos,

no ser un mero instrumento al servicio de otros.

 

(Immanuel Kant)

 

III 

 

Se dirigió como otras veces, abrazando el fusil automático, al extremo del poblado, lejos de los demás soldados y de lo que fuera que estuvieran haciendo con los habitantes que habían capturado en las casas que aún quedaban en pie. Su siguiente recuerdo era el de incorporarse con torpeza a unos metros de una valla destruida, cerca de la hondonada que logró ver al cabo de un rato entre el intenso polvo, y que no creyó que hubiera estado allí antes, ya que debió de haber atravesado la calle por aquel lugar. Respirando entrecortadamente, se miró brazos y piernas y se palpó el cuerpo entumecido. No tenía heridas aparentes. Tras tropezar con varios cuerpos en su regreso medio a ciegas a través del polvo, comprendió que el silencio que creía percibir bajo el pitido constante en sus oídos no se debía a su parcial sordera. Alcanzó el centro del pueblo donde habían establecido la base principal de observación. Entre los restos de un vehículo todavía reconocible encontró un traje protector. Se lo puso con dificultad mientras seguía buscando, casi mecánicamente, alguna señal de vida. Al cabo de un rato halló un aparato transceptor que aún funcionaba. Con los dedos todavía entumecidos estuvo largo rato manipulando el equipo como le habían enseñado a hacer en caso de emergencia, pero solo captó un intenso ruido de fondo, incluso en las frecuencias codificadas, en las especiales y hasta en las reservadas para las comunicaciones con el alto mando. Se aseguró de ello en el manual de operación, que pudo consultar sin restricciones y sin una orden especial que ahora nadie podía darle. Mientras repetía una y otra vez las llamadas de auxilio cifradas y los inútiles rastreos, tras la visera del casco hermético pudo observar como se depositaba lentamente el polvo a su alrededor hasta que el aire fue de una transparencia inusitada. Cubierta de una curiosa pátina de tenue brillo contempló una escena que no supo reconocer, entre unas pocas paredes derribadas de las que antes habrían sido casas y los hierros retorcidos de tractores y de vehículos militares. Más allá, campos de cultivo arrasados a los que la pátina brillante que cubría los objetos cercanos no parecía haber llegado, o donde quizás tenía un efecto diferente. Aquí y allí, cubiertos del extraño polvo, restos humanos desperdigados, igualados en la muerte que hacía indistinguibles a hombres y mujeres, jóvenes o viejos, civiles y soldados.   

 

*  *  *

 

Estaba descubriendo que ante una situación nunca vivida con anterioridad la mente es propensa a divagar entre la experiencia y el sueño, lo conocido, lo pensado, lo captado a medias y lo meramente imaginado. Se hallaba con los amigos aquella vez que fueron al museo de ciencias, cuando su compañera le tiró del brazo con un guiño para que se desviaran a la exposición de pinturas que anunciaba un cartel del museo de arte anexo. Más atento al roce de su mano y a la suave línea del talle de su amiga que a las imágenes que llamaron la atención de ella y que él recordaba solo vagamente, apenas paseó la mirada por los cuadros que la chica contemplaba mientras él disimuladamente la contemplaba a ella. De haber prestado mayor atención a la muestra, y pese al abismo existente entre la creación artística y la ominosa realidad que sus ojos presenciaban ahora tras el visor del traje, habría podido comparar la pesada oscuridad del cielo, de un indescriptible color marrón que lo impregnaba todo y que reverberaba con un destello innatural sobre el extraño polvo de los objetos cercanos, con la perturbadora claridad de El imperio de las luces, donde una surreal luz diurna que no procede de ningún lugar baña los objetos en medio de la noche. En cambio, recordaba mucho mejor el ejemplar de espato de Islandia que vio después en el demorado museo de ciencias y que le fascinó tanto. La llamada piedra solar con que los vikingos se orientaban en la difusa claridad de los días nublados, descifrando la luz polarizada del sol a través de la densa atmósfera superior de un modo que él no llegó a comprender muy bien, y que los antiguos dominaban sin conocer la base científica de su primitiva técnica de observación. Pero él no tenía una piedra solar. Ni tan siquiera una brújula común y ­­corriente para orientarse bajo el espeso manto del cielo que, como una pesada losa, sumía el espacio circundante en un sucio y persistente crepúsculo…. Se llevó la mano inconscientemente al bolsillo, solo para tropezar a través del hermético guante con el tejido kevlar del traje. Hubiera querido tener la brújula que llevaba su padre cuando salían de excursión durante las vacaciones. Pero, como solían bromear en aquellos días, él pertenecía a la era de los sistemas informáticos, de la radionavegación por satélite y de la energía termonuclear. Y ahora se hallaba solo, perdido con un dispositivo de geolocalización inservible desde no sabía cuándo, sin una sencilla brújula y aun sin reloj, porque los receptores del traje y su pulsera multifunción también habían dejado de funcionar.

 


            A fuerza de no poder distinguir el día de la noche en medio de aquel difuso espacio de oscuridad diurna o claridad nocturna que se extendía en todas direcciones, y sin otro sentido del tiempo que su cansancio y su ya mermada provisión de agua, se orientó de la única forma que podía hacerlo: todavía alcanzaba a ver a su espalda los grises restos empequeñecidos del último poblado por el que había pasado con la tropa. Al frente, una carretera que parecía no tener fin, flanqueada por el desvaído campo abierto en cuya cercanía aún podía discernir unos difuminados tonos verdes bajo el indefinible color del cielo.

 

Desde que dejó de sentir el zumbido en sus oídos, no sabía si hacía días o solo horas, tampoco oía sonido alguno en la amplia extensión que lo rodeaba. Ni el desconsolador grito de un pájaro. Lo atribuyó al casco del traje protector. Dijo algo en voz alta para comprobar si aún oía, y enseguida olvidó la palabra que había pronunciado. Para asegurarse de no haberlo imaginado dijo algo más, que olvidó igualmente. Al cabo de un tiempo imprecisable, en el que anduvo casi sin percibir sus pies, se preguntó si encontraría a alguien antes de que se viciara del todo el aire en el interior del traje, y qué haría esa persona al verlo. Tal vez sería mejor abandonar sus armas, que aún llevaba como buen soldado. Pensándolo bien, quizás debería también quitarse el traje. Con todos los indicadores dañados no sabía si todavía funcionaba el sistema biorregulador a su espalda, o si la nube que pesaba como una gigantesca manta sobre su cabeza ya le había afectado. Desconocía hasta dónde llegaba esa cosa sucia en la que se había convertido el cielo. Sabía que seguiría extendiéndose, y que duraría mucho, mucho más que cualquier ser viviente que se encontrara bajo ella. Pensó en su madre. Recordó la contagiosa risa de su hermana, y no supo si deseó que ya hubieran muerto. Se quitó el traje protector tan trabajosamente como se lo había puesto, con una creciente mezcla de decepción y hastío, y lo arrojó en medio del camino. Al hacerlo, vio las armas que había tirado antes y se sorprendió de que estuvieran tan lejos. Pensó que ahora no había enemigos. Si había alguien más, serían todos supervivientes. Siguió andando sin saber a dónde. Miró en la lejanía el ancho espacio de nauseabunda oscuridad marrón salpicada por los inexplicables destellos del polvo que cubría la carretera, y se preguntó cuánto tiempo le quedaba.

[Imagen cortesía de Rick Roberson, Pixabay