domingo, 6 de agosto de 2017

DESPEDIDA


Alguna vez que nos despidamos será para siempre. Seguiremos caminos separados. Al menos uno de los dos no regresará. No volveré a verte, no sabré de ti ni de tus pensamientos. Tú tampoco sabrás de los míos. Estarás sola y no podré cuidarte, consolarte en tus momentos de angustia, ni compartir tus alegrías. No será la muerte, sino una despedida. Ambos seguiremos viviendo. Puede que con la esperanza, de alguno o de los dos, de volver a estar juntos. (Si ese reencuentro se produce, sabremos también que, al final, volveremos a separarnos, de la misma o de otra manera.) Hasta que algún día uno de los dos, quizá, sepa de la muerte del otro. En ese momento sabrá que la partida era definitiva, y que toda posibilidad de reencuentro será ya imposible, para siempre. Habremos compartido un efímero instante dentro del efímero instante que es la vida. Para alguno de los dos quedará el consuelo de saber, durante lo que dure su viaje, que el otro vivió después de nuestro encuentro, que de un modo incierto habíamos seguido compartiendo la secuencia de los días y las noches, el sabor salado del mar y el aire que respiramos. Y también algunos libros, y el conocimiento de los hechos que narran las noticias. Es hermoso saber que la separación no es por necesidad preludio de la muerte, y que el lenguaje, la apreciación del arte, el conocimiento del mundo, y hasta los gustos y disgustos del otro siguieron viviendo durante lo que, desde nuestra reducida perspectiva, puede habernos parecido largo tiempo.

O bien...

Nos despediremos como tantas veces, con la habitual certeza de volver a vernos, sin saber que esa vez será la última. No porque no lo hayamos pensado antes, ni porque quisiéramos ignorarlo. Lo sabemos, incuestionablemente. Pero será un hecho inesperado. No habremos imaginado que era ésa precisamente la última vez. Quizás te haya dado un beso distraído esa mañana. O quizás hayas entreabierto la puerta de la ducha para decirme adiós, sin llegar a mirarme. Quizás yo no haya alcanzado a ver qué ropa te pondrías ese día. Luego, uno de los dos se preguntará cuál fue el último beso que nos dimos, o tratará de recordar la última vez que nos amamos. Pero serán otras cosas las que vengan a su recuerdo; la memoria es así. Puede que uno de los dos se pregunte por el sentido de esas y otras cosas..., y su pregunta quedará sin respuesta. Encontrará que algunas cosas importantes no lo eran tanto. Y otras, cotidianas o excepcionales, cobrarán un valor insospechado. Después, mucho después quizá, aprenderá de nuevo a vivir sin el otro. Si hay suerte, tal vez llegue a recordar con feliz nostalgia, y sentirse agradecido por el tiempo compartido. Los recuerdos se irán borrando y puede que algún día redescubra alguno en un rincón de la memoria, y puede que lo encuentre extrañamente lejano, reconociéndose en él sólo a medias, como la persona que fue alguna vez. Al final, puede que una referencia sea todo lo que quede del otro en nuestras vidas.

O bien...

Conoceremos el momento de nuestra separación, quizás difícilmente preciso, pero implacable. Como un adiós obligado que, al igual que un niño, no queremos que llegue pero no podemos evitar. Intentaremos, cada uno, ocultar nuestra impotencia, nuestra angustia, más por no dañar al otro que por nosotros mismos. En nuestra lucha perdida y desesperada por evitar lo inevitable, sonreiremos, bromearemos quizá, actuaremos como si esa pesada losa no existiera, pretendiendo que no pasa nada, y secretamente ambos, cada uno por nuestro lado, esperaremos un milagro, que seguramente no llegará. Y nos consolaremos pensando que el milagro sería sólo postergar lo inevitable, lo que al fin tiene que venir, y que si no fuera de este modo sería de otro. Y que quizás ese otro fuera peor. Pero en el fondo seguiremos esperando lo que no vendrá, hasta que al final todo sea resignación. O estallido de dolor retenido, cuando ya no quede nada. Por fin, nada que fingir, nada que ocultar. Nada que esperar. Luego, el inevitable porqué que no tendrá respuesta. Y otra vez el olvido. El lento, doloroso, inevitable olvido.

Previsiblemente, de una de esas maneras sucederán las cosas.      


domingo, 18 de junio de 2017

Salvemos el planeta


VIENTOS DE CAMBIO

Érase una vez…

Un planeta al que sus habitantes que se autoproclamaban racionales llamaban Tierra. Pudieron haberle llamado Agua, ya que la mayor parte de su superficie estaba cubierta de agua, pero ellos entonces no lo sabían. También pudieron haberle llamado Aire, ya que estaba totalmente cubierto por una atmósfera de aire transparente, pero como no lo veían simplemente se pensaban habitantes de la parte seca del planeta, es decir, de la tierra. Aunque necesitaban del agua para vivir y, más aun del aire para respirar, solo se acordaban del agua cuando tenían sed, y del aire cuando soplaba el viento. 
 
El planeta estaba habitado por multitud de otros seres vivos, plantas y animales. El hombre –que así se llamaba el habitante racional de la Tierra– pensó que, por ser racional, tenía derecho sobre todos ellos, y se autoproclamó dueño del planeta. Utilizó plantas y animales en su beneficio, o lo que él creyó que era su beneficio, y a su manipulación de la naturaleza inerte, con la que construyó utensilios, muebles, casas, puentes, carreteras y luego máquinas, fábricas y centrales de energía, añadió su manipulación de plantas y animales: parceló, distribuyó, trasplantó, cultivó la tierra; domesticó y crió animales. Les enseñó a trabajar para él, los empleó como diversión y entretenimiento, como fuente de alimentos, como objeto de investigación en los laboratorios.

Con el uso de su razón, el hombre llegó a modificar la Tierra como no eran capaces de hacerlo los demás habitantes del planeta. Produjo materiales y procesos que nunca antes habían existido en esa forma: metales, plásticos, productos químicos y farmacéuticos, combustibles, gases, recursos energéticos. Alteró los espacios: creó ciudades, construyó embalses, desvió ríos, trasladó, seleccionó y modificó especies vegetales y animales. Fabricó vehículos que surcaron la tierra, el agua y el aire, con lo que extendió su influencia por todo el planeta.

Lo que el hombre no sabía todavía es que mucho antes de que él apareciera, en la larga historia de la Tierra habían vivido muchas más especies de plantas y animales de las que en este momento la habitaban, y que habían desaparecido por diversos cambios ambientales a lo largo de miles de millones de años de evolución. Cambios a veces drásticos, a veces paulatinos, como los que el hombre estaba ocasionando con su manipulación del medio ambiente.

El hombre no se dio cuenta de que su relación con la naturaleza estaba generando un nuevo cambio ambiental, más considerable que muchos de los cambios anteriores, hasta que casi fue demasiado tarde. Cuando empezó a comprender el alcance de sus acciones ya se habían extinguido algunas especies, y casi todas las demás estaban cerca de desaparecer. Lo que quizás era peor, su modo de explotación de los recursos había originado desechos que se acumulaban en los vertederos de la tierra, contaminaban las aguas y ensuciaban el aire, destruyendo la vida animal y vegetal en muchas zonas. Y lo que sin duda era peor, su uso de la energía había generado más desechos que envenenaban todo el planeta, afectando las capas de la atmósfera y generando un aumento de la temperatura global que alteraría fatalmente el hábitat de las especies vivientes… incluido el hombre mismo. Ya se notaban algunas consecuencias, en el recrudecimiento y la mayor frecuencia de vientos y huracanes, la alta radiación solar que llegaba a la superficie de la Tierra, con la acelerada desertificación y la creciente violencia de los incendios forestales, el derretimiento de los polos, con el consiguiente aumento del nivel del mar, y los trastornos del clima en todas partes… Su uso inconsciente de la naturaleza estaba a punto de ocasionar una catástrofe capaz de acabar con toda la vida del planeta.
   
Era hora de hacer algo, y de hacerlo urgentemente. Había que sustituir los recursos contaminantes por energías limpias. Por suerte, existían muchas opciones, algunas de las cuales ya habían empezado a utilizarse: la energía solar, las mareas…, la fuerza del viento, el mismo aire que respiramos, uno de los recursos más limpios y más inagotables, desde la antigua invención del molino. Pero hacer el cambio no sería fácil porque había que poner de acuerdo muchas voluntades, y algunas eran ciegas ante los hechos, o daban prioridad a los viejos modelos económicos sin darse cuenta de que en unos años no habría siquiera economía cuando el planeta fuera inhabitable. La única esperanza era la capacidad de pensamiento racional del hombre mismo.

La historia, en este momento, no tiene un final. Gracias a tanta gente preocupada que limpia, recicla y reduce la contaminación, y que difunde la necesidad de hacerlo, soplan vientos de cambio. Pero no sabemos si lograrán salvar la vida del planeta, el único que sabemos habitable de todo el universo conocido. Mientras tanto, el deterioro de la Tierra avanza.

Hay que proteger las especies vivas, en especial las que están en vías de extinción, para mantener y, si podemos, restaurar el delicado equilibrio en que vivimos. Debemos dejar de producir materiales que destruyen la atmósfera y el medio ambiente, reducir desechos mientras ideamos nuevas formas de eliminar los ya existentes, reciclar las basuras industriales y domésticas, y usar sólo energías no contaminantes.

Estas cosas tenemos que hacer si queremos que la especie humana siga viva en el planeta, porque destruir el equilibrio ecológico nos convertirá, junto con las especies que llevemos a la desaparición, en nuestras propias víctimas. Sólo si conseguimos librarnos de nuestra propia extinción podremos terminar felizmente la historia. Y alguien, en un futuro cercano, podrá leerla.

Érase una vez…  

jueves, 6 de junio de 2013

CUANTO SIGUE PERTENECE A LA ÉPOCA ANTERIOR DEL BLOG - VER NOTA ARRIBA A LA IZQUIERDA

Desaire al ministro

Según la prensa de ultraderecha y muchos nostálgicos del nacionalcatolicismo que aún quedan, estos graduados universitarios con honores son unos maleducados por no darle la mano al ministro. Debe ser que sacar a la gente de sus casas por la fuerza, reducir los salarios, dejar sin empleo y hasta en la indigencia a una parte considerable de la población, aumentar los impuestos al pueblo para salvar del desastre que han causado quienes cobran sueldos millonarios, y siguen cobrándolos, estafando y aplicando cláusulas abusivas, dejar la sanidad en situación precaria, impedir el acceso a la justicia, golpear brutalmente y multar a quienes ejercen el derecho de protestar, imponer una educación doctrinaria y selectiva… es respetar a los ciudadanos y sus derechos. "Si vas a faltar el respeto –piensan ellos–, al menos guarda las apariencias. Sé tan hipócrita como nosotros, que para eso es la educación que queremos darte. Hay que dar la mano a quien te golpea, te expolia, te humilla y te despoja de tus derechos." Pues estos universitarios, con más formación que muchos de esos ministros cuyo único mérito es pertenecer a un partido político, han dicho no. No van a dar la mano a alguien que forma parte activa de quienes hunden al país en la vergüenza. Un gesto que los honra.   

lunes, 18 de marzo de 2013

Se acabaron los desahucios... (¿?)

Ha tenido que intervenir el Tribunal de Justicia de la Unión Europea para decirle a España que los desahucios son contrarios a la normativa europea, a la justicia, a los derechos de las personas y al más mínimo sentido de humanidad.

Vergüenza para los bancos y las entidades financieras españolas que aplicaban cláusulas abusivas (esta misma denominación usa la sentencia del Tribunal).
Vergüenza para los jueces que no se rebelaron en sentido de justicia contra esos abusos (algunos sí lo hicieron, honrosamente, aferrándose a cualquier posibilidad que les dejaba la ley, o acudiendo a ese mismo Tribunal. Honor para ellos).
Vergüenza para la policía, los bomberos y los cuerpos del Estado que colaboraron y contribuyeron a los desahucios (pudieron haberse negado, como algunos honrosamente lo hicieron –Honor para ellos también–. Tenían un recurso legal disponible: la objeción de conciencia).
Vergüenza para los periodistas y medios de difusión que respaldaron (y respaldan, todavía tienen la desfachatez) esos procedimientos.
Vergüenza para todos los gobiernos españoles de la democracia que no se atrevieron a derogar una ley de hace un siglo y prefirieron seguir actuando como lacayos de los bancos y los poderosos a quienes beneficiaba la injusta ley.
Vergüenza para los políticos que no propusieron la eliminación de esa injusticia (algunos sí lo hicieron sin ser escuchados: honor para ellos). 
Vergüenza para la poderosa Iglesia católica española, que sí sabe protestar, salir a la calle y hasta amenazar con excomunión a quienes se oponen a sus dogmas pero que se ha olvidado de su principal mandamiento (nadie ha visto manifestaciones de la Iglesia en contra de los desahucios).
Vergüenza para Rajoy que apenas un día antes respondía negativamente en el Congreso a la eliminación de esa ley, demostrando que es un títere al servicio de los bancos. (Véase Las mentiras de la banca y la hipocresía del gobierno).
Vergüenza para Gallardón, cuyo sometimiento a los poderes económicos demuestra que no tiene el más mínimo sentido de la justicia –por eso ha tenido que recordárselo el Tribunal europeo. (Véase La justicia, los bancos y la ley de desahucios).

... Pero no seamos ingenuos. Los bancos, las entidades financieras, los políticos corruptos a su servicio, seguirán confabulando para encontrar resquicios legales por los que seguir aplicando cláusulas abusivas.  

viernes, 22 de febrero de 2013

La palabra de Rajoy

"No he cumplido mis promesas electorales, pero siento que al menos he cumplido con mi deber." Para Mariano Rajoy, al parecer, ambas cosas (cumplir sus promesas y cumplir con su deber) no son lo mismo –ya que, de serlo, su declaración sería contradictoria... lo que, juzgando por lo que hace y dice, tampoco sería nada nuevo. Pero concedámosle, por esta vez, coherencia. Se puede pensar en situaciones en las que el deber (se entiende, el deber ético) nos obligue a no cumplir una promesa. Quienes hayan leído Juan Salvador Gaviota recordarán que la gaviota protagonista siente que no debe cumplir su promesa en el momento en que ésta, pronunciada en una etapa anterior de crecimiento espiritual, le dificulta alcanzar fines que en ese momento no era capaz de comprender y que ahora juzga trascendentes. También puede pensarse en una situación práctica en la que el compromiso responde a un desconocimiento de la situación real. Lo reprochable sería, en uno y otro caso, aferrarse a la palabra empeñada a costa de las impredecibles consecuencias, demostrando una escasa capacidad de criterio. Ni uno ni otro son el caso de Rajoy. No es la gaviota del cuento, en pleno proceso de autodescubrimiento, sino otra clase de gaviota (recuérdese que tras la disimulada apariencia de esta ave está su condición de animal depredador), plenamente adulta y plenamente consciente de la situación ante la que se encontraba, y, por tanto, plenamente responsable de sus compromisos.

¿Qué razón puede haber para que un individuo adulto y con pleno conocimiento, y, además, supuestamente experto en las cuestiones por las que se compromete, no cumpla sus promesas? En cualquier situación laboral, social o personal, un individuo así estaría demostrando inmediatamente su absoluta ineptitud o su mala fe, las únicas razones que explican –nunca justifican– la mentira. (Cabría quizás otra: el paternalismo, bajo el convencimiento de una realidad que sobrepasa la capacidad de previsión y de decisión de otros: siempre rechazable, sobre todo en política, por la orgullosa prepotencia que comporta de sí mismo aunada al desprecio a la inteligencia y la dignidad ajenas. Achacable, sin duda, a otros dirigentes del PP, pero que en Rajoy vendría a corroborar que no sabe distinguir su codo de su nariz.) En el caso de Rajoy, la ineptitud es evidente, desde su nombramiento de sus ineptos ministros, a los que sigue manteniendo en su puesto a pesar de su más que obvia incompetencia (véanse algunas de las entradas anteriores), al hecho estadísticamente evidente de que el país está ahora mucho peor que cuando él llegó al gobierno (a pesar de que entre sus deliberadas mentiras sólo le faltaba asegurar que tenía la varita mágica para solucionar los problemas). Digo que la ineptitud es evidente; y la mala fe también: desde el rebuscado lenguaje con que los ministros y representantes del gobierno pretenden disimular sus reiteradas mentiras (uno no puede dejar de recordar el Ministerio de la Verdad de Orwell, en su novela 1984), hasta el hecho de que sus "reformas", dictadas exclusivamente por los intereseses de poderes económicos, no sólo han echado por tierra derechos laborales, civiles y ciudadanos que había costado mucho conseguir, en tiempo histórico, esfuerzo y vidas humanas, sino que han estado directamente destinadas a empobrecer y dejar en la precariedad, literalmente en la calle –hasta el extremo de la indigencia– a los que tienen menos para darles más riqueza a los más ricos –entre quienes, por si fuera poco, ha abundado y abunda una corrupción desmesurada, incluida la clase política.

Quien considera que "cumplir con su deber" significa estar al servicio del poder del dinero a cualquier precio –incluidos el bienestar, la salud, la educación, la vivienda, el futuro y, en algunos casos, hasta la vida de personas que, desesperadas ante la indefensión laboral, legal y social han recurrido al suicidio–, sólo puede ser considerado (aun dentro de su ineptitud) una mala persona. Ante esta realidad, la nula calidad de su palabra es lo de menos.  

viernes, 16 de noviembre de 2012

Las mentiras de la banca y la hipocresía del gobierno

La Asociación Española de Banca ha anunciado que paralizará los desahucios durante dos años "en los casos de extrema necesidad", y ha afirmado que lo hace por "razones humanitarias y en el marco de su política de responsabilidad social". Si la banca tuviera sentido de responsabilidad social no habría tardado al menos 3 años en parar esa atrocidad, al ritmo creciente hasta las últimas fechas de más de 500 desahucios diarios. El promedio desde 2008 ha sido de unos 130 desahucios por día, dejando en la calle hasta ahora a más de 203.000 familias, sin que a los bancos les haya preocupado su situación: ya fuera con personas en paro o enfermas, discapacitados, menores, ancianos..., y ello sin ningún plan de recuperación, oferta sustitutiva ni aceptación de la vivienda en pago. Por el contrario, se han cebado con quienes no pueden pagar despojándolos de un techo y encima exigiéndoles seguir pagando la casa que ya no tienen y con la que el banco podrá negociar ahora, apoyándose en una absurda ley de hace más de un siglo que jamás debió existir.

Ha tenido que constituirse la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, que entre las escuálidas defensas legales disponibles, movilizaciones, resistencia pasiva, llantos y empujones ha logrado mal que bien detener –en muchos casos sólo temporalmente– algunos desahucios desde noviembre de 2010; ha tenido que producirse la decisión de algunos jueces de impedir otros desahucios, sirviéndose de precarios recursos legales para esquivar la nefasta ley; han hecho falta denuncias y manifestaciones, la repulsa general de la opinión pública, el rechazo unánime a la banca por parte de asociaciones de defensa de los derechos ciudadanos, el informe (desoído por las autoridades políticas) de grupos de jueces, la acusación directa a gritos y en pintadas en los escaparates de las oficinas bancarias, la objeción de conciencia de algunos miembros de la policía, así como la negativa de empresas de cerrajería, a actuar en los desahucios, la llamada de atención del Tribunal de Justicia Europeo y hasta el suicidio, sí, de algunos afectados para que la Asociación Española de Banca se acordara finalmente de su función humanitaria. Y aun así, lo hace con la reserva de que detendrá sus actuaciones "en casos de extrema necesidad". La cual, supuestamente, determinarán los propios bancos. ¿Cómo podría ser de otro modo, a la luz de las declaraciones recientes del ministro de justicia? (Véase post del 31 de octubre: La justicia, los bancos y la ley de desahucios.)

En cuanto al gobierno, esas mismas presiones lo han llevado, ¡por fin!, a hacer algo... Pero ¿qué? Un decreto que contempla una moratoria de dos años (lo que ya había anunciado la banca –está claro quién toca la flauta) pero sólo en los casos más vulnerables, tales como "unidad familiar monoparental con dos hijos a cargo", "unidad familiar con un menor de 3 años", o que tenga "algún miembro con discapacidad del 33%"... Es claro que una familia monoparental con un solo hijo, o con ambos padres y un hijo de 4 años, o con un miembro discapacitado en un 30%, serán, como hasta ahora, echados a la calle... Y así con los demás casos. 

Es verdad que algo es mejor que nada, pero ¿es éste el estado de bienestar de una democracia europea del siglo XXI? ¿Es siquiera un estado mínimamente humanitario? El partido de gobierno se ha apresurado a recalcar que éste es el primer gobierno que hace algo al respecto. De lo que es una absoluta vergüenza para todos los gobernantes desde la implantación de esa funesta ley hipotecaria, el partido de turno trata de obtener rédito político, sólo porque ha puesto un límite arbitrario a partir del cual la banca podrá continuar con sus desmanes –eso sí: desde ahora con la cara lavada por el humanitario decreto. Lo que el gobierno no comenta (porque sin duda no quiere que llame la atención demasiado) es que esas pobres medidas no son retroactivas, no plantean la dación en pago de la vivienda y ni aun la paralización de los intereses de mora mientras los afectados no puedan seguir pagando por la casa que ya no tienen, y que tampoco contemplan ninguna modificación de la ley hipotecaria. 

Ante la injusta y, para muchos, insoportable situación, el gobierno hace poco recomendó –solo eso– a los bancos aplicar "buenas prácticas bancarias" –ya se ve con qué resultados. ¿Qué hace falta para que el gobierno se atreva a aplicar "buenas prácticas de gobierno"?


(Viñeta de Pero&Grullo. Tomada de: Miniyo)

viernes, 9 de noviembre de 2012

Se buscan políticos honestos

Para ser ministro de cualquier cosa, o presidente de un país, sólo hay que meterse en la política. Es la única profesión donde la formación no es imprescindible, donde el curriculum no tiene importancia, donde haber estado preso es un mérito, donde puedes enriquecerte de la manera más sencilla, donde puedes alimentar tu desmesurado ego imponiendo tu voluntad a los demás, donde puedes mentir con el mayor descaro, donde siempre puedes echarle las culpas a otro impunemente, donde puedes hacer cualquier desastre y despedirte con una pensión de lujo... ¡incluso con honores! ...¿Cómo no va a estar la clase política llena de sinvergüenzas?