domingo, 18 de noviembre de 2018

Saber es Divertido: Al Revés – Natural y Artificial – Todos Somos de Color Café con Leche

Libros para niños. Atractivos. Interesantes. De fácil lectura. Estimulantes. Educativos...
Divertidos. Serios. (…¿Cómo es posible?) De lo mejor que se puede encontrar en libros infantiles. Cómodos y asequibles. El mejor regalo. Colección infantil "Saber es Divertido".

Entrevista a su autor, por Karen Lentini



"NO HAY QUE TEMER EL INTERCAMBIO CULTURAL
PORQUE LA CULTURA ES PATRIMONIO DE TODOS
Y, CUANTO MÁS DIVERSA, MÁS ESTIMULANTE Y MEJOR"
Gubb-ert



Gubb-ert visto por su nieta de 3 años


SABER ES DIVERTIDO

Tres libros para niños escritos con delicadeza por Gubb-ert (Roberto R Bravo), con simpáticas ilustraciones de Adriana Capinel y la asesoría pedagógica de Marly Canelón La Rosa, que hacen reflexionar a grandes y pequeños. Porque Todos somos de color café con leche y, si muchas cosas pueden estar Al revés o al derecho, al final todo es Natural o Artificial…, aunque los límites no sean tan claros como parece.

Gubb-ert proviene de los campos de la filosofía de la ciencia y del lenguaje, pero prefiere jugar con las ideas, proponer malabarismos con las palabras, como un superhéroe abstracto dispuesto a correr riesgos, con la esperanza de que sus travesuras imaginarias ayuden a explorar conceptos y concienciar sutilmente a sus lectores, en un lenguaje familiar, sobre la naturaleza del pensamiento y la engañosa sencillez del mundo.

ROBERTO R BRAVO ES FILÓSOFO DE LA CIENCIA Y DEL LENGUAJE, PROFESOR, ENSAYISTA, ESCRITOR Y TRADUCTOR. PERO ¿QUIÉN ES GUBB-ERT? ¿CÓMO PREFIERES QUE TE DEFINA?

Me siento cómodo con cualquiera de esas etiquetas. Porque son etiquetas. Las etiquetas que usamos y que pretenden caracterizarnos socialmente son como trajes con los que nos ven los demás y también como queremos que nos vean. Creo que la personalidad –no la mía, la de cualquiera– no se reduce a la etiqueta de nuestra imagen ante los otros. Somos mucho más. Pero ya que expresar lo que realmente somos es tan difícil, pienso que al menos deberíamos sentirnos cómodos con el traje que usamos. Nunca me he sentido limitado a una sola actividad. Todas esas facetas de lo que hago expresan, quizás no exactamente lo que soy, que no lo sé muy bien, sino lo que me gustaría, lo que quiero ser. Como autor de estos libros no soy Robert sino Gubb-ert, que es como me llamaba mi hija (y lo escribía así mismo) cuando tenía unos siete años, la edad aproximada de los niños a los que se dedican estos libros. 

HAS SIDO PROFESOR UNIVERSITARIO DURANTE MUCHOS AÑOS, Y ESTÁS ACOSTUMBRADO A TRATAR CON JÓVENES Y ADULTOS. ACABAS DE PUBLICAR EN FORMATO DIGITAL TRES LIBROS PARA NIÑOS: TODOS SOMOS DE COLOR CAFÉ CON LECHE, AL REVÉS, NATURAL Y ARTIFICIAL. ¿CUAL HA SIDO TU MOTIVACIÓN PARA ESCRIBIRLOS?

Mi motivación inicial, hace ya tiempo, fueron mis hijos. Hablando de etiquetas, o de trajes, además de todo lo que me gustaría o que quiero ser soy también padre, compañero, amigo, desde hace poco tiempo abuelo…, y también niño. Creo que ser niño es muy importante. Los adultos solemos olvidarnos con demasiada frecuencia del niño que hemos sido y que sigue en nosotros, a veces quizás reprimido ahí dentro. Creo que hay que dejar que se exprese. De una manera u otra siempre estamos jugando, como el niño que va descubriendo el mundo: jugamos, a veces sin darnos cuenta, con las ideas, con posibilidades, con nuestros sueños, con proyectos, con la realidad que nos rodea y que creemos conocer… Mi motivación, además de mis hijos, ha sido mi curiosidad, que he compartido y comparto con ellos (y con todos los niños, de todas las edades), y la necesidad siempre presente de jugar con las ideas, de expresar mediante juegos de lenguaje lo que nuestra curiosidad nos lleva a descubrir o a inventar.    

TENIENDO EN CUENTA QUE NO TODOS DISPONEMOS DE DISPOSITIVOS ELECTRÓNICOS DE LECTURA,  ¿CREES QUE EL FORMATO DIGITAL ES UNA LIMITACIÓN PARA LLEGAR A LOS PEQUEÑOS LECTORES?

En un sentido intelectual no lo creo. Mi nieta mayor, de solo tres años, ya maneja dispositivos digitales con sus deditos. Es asombrosa la facilidad que tienen los niños para estas cosas. Hay que pensar que estamos en una época de información global, de medios que ponen el conocimiento al alcance de nuestros dedos, literalmente. Lo que no quiere decir, desde luego, que toda la información que nos llega por esos medios (o por cualquier otro) sea igualmente válida, ni siquiera fiable. Pero ese es otro tema. El instrumento en sí es valiosísimo, posiblemente más de lo que podemos calibrar en este momento histórico. ¿Por qué no aprovecharlo? Sobre todo si pensamos en las enormes posibilidades que abre al conocimiento, a la cultura, incluso a las relaciones personales. Hay mucha polémica hoy sobre estas cosas. No hablo del uso bueno o malo que pueda hacerse de las tecnologías digitales, ya que puede hacerse buen o mal uso de cualquier cosa, desde las tecnologías más primitivas hasta las futuras, sino del instrumento como tal. Si lo usamos adecuadamente, sus potencialidades son enormes. 

Por otra parte, desafortunadamente no todo el mundo tiene esta tecnología a su alcance, al menos todavía hoy. En este sentido sí, el formato digital es una limitación, sobre todo en determinados países. Mi intención fue siempre publicar los libros en papel, pero por una serie de razones ha habido dificultades técnicas muy específicas con el formato impreso que no hemos podido resolver. Así que, de momento, hemos tenido que limitarnos al formato digital. Si esos problemas se resuelven, espero que podamos llegar a un número mayor de personas. Y también porque el libro impreso aporta otras características (no ventajas, porque cada cosa tiene sus ventajas y sus inconvenientes): entre ellas la sensación táctil, el olor, poder pasar las páginas con la mano… Cosas que, aparte de ser muy placenteras para quienes seguimos amando el libro impreso, permitirían llegar a más lectores, con tecnología digital o sin ella.  

JORDI NOMEN PLANTEA QUE A LOS NIÑOS HAY QUE ENSEÑARLES A FILOSOFAR. ¿CUÁL SERÍA LA EDAD IDEAL PARA ESO? ¿ESTOS CUENTOS PODRÍAN SER UNA INTRODUCCIÓN A LA FILOSOFÍA DE MANERA DIVERTIDA? 

La edad ideal para filosofar es desde que nacemos y durante toda la vida. Filosofar es plantearse las cosas con actitud crítica –lo que significa capacidad de discernir, de relacionar, de precisar, de elucubrar… Algo que empieza a hacer el niño desde que nace, construyendo el pensamiento y la imaginación a partir de su percepción del mundo, y reconociéndolo y ordenándolo mediante el lenguaje. Como decía Aristóteles, siempre estamos filosofando. Es una actividad tan inherente a nosotros que nos pasa desapercibida, como el acto de respirar. A veces te encuentras con gente que dice desconocer la filosofía, y algunos que hasta la ven ajena, sin saber que es lo que han estado haciendo toda la vida. Como el personaje de Molière que había estado hablando en prosa toda su vida –como todos nosotros– sin saberlo.

Estoy plenamente de acuerdo con Jordi Nomen, aunque yo cambiaría la palabra "enseñar" por plantear, proponer. Porque la filosofía, más que enseñar, básicamente propone posibilidades, plantea dudas, que son el motor del conocimiento. ¿Filosofía para niños? Por supuesto. Si ellos ya son filósofos… "Enseñar" filosofía (no me gusta esa palabra) sería simplemente facilitar la toma de conciencia de lo que hacemos como seres pensantes, que no es sino jugar (esta palabra sí me gusta) con lo que percibimos, con las ideas que tenemos de las cosas, con lo que hacemos con ellas, con lo que sabemos o creemos saber. Y esto va desde nuestras primeras sensaciones hasta la construcción del pensamiento científico. Es ayudar a mantener presente esta actividad mental tan fundamental del ser humano de modo que cada quien pueda desarrollar su potencial hasta donde quiera desarrollarlo, con libertad de pensamiento para ser libres y con conciencia para ser comprensivos con los demás, para ser mejores personas. Los libros que acabo de publicar pretenden servir a ese proceso, simplemente jugando, con sugerencias que pueden parecer disparatadas e ideas divertidas. Porque "saber es divertido". Creo sinceramente en el lema de la colección, porque he podido comprobarlo en infinidad de ocasiones.     

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Gubb-ert con Hellboy en la Feria del Comic
(foto cortesía de Marly Canelón)


TIENES UNA LARGA TRAYECTORIA COMO TRADUCTOR (HAS TRADUCIDO DOS LIBROS DE JOSEPH CAMPBELL, ALGÚN ENSAYO DE POPPER, Y UNA VARIEDAD DE TEXTOS DE FILOSOFÍA, PSICOLOGÍA, HISTORIA, ARTE...). APARECEN INCLUSO ALGUNOS TÍTULOS PARA NIÑOS. ¿HAN TENIDO ALGUNA INFLUENCIA ESTOS ÚLTIMOS SOBRE LOS LIBROS QUE AHORA PUBLICAS? 

Supongo que la respuesta "objetiva" a esta pregunta es que no, ya que los escribí antes de empezar a traducir libros para niños, que, por otra parte, fueron una agradable experiencia. Pero desde un enfoque junguiano diría que sí…, si es posible que los acontecimientos significativos de la vida de una persona influyan retroactivamente en el tiempo. Porque muchas de las ideas de estos libros, mientras permanecían sin publicar, las volví a encontrar en la literatura para niños que traduje después: lo parecidos que somos a pesar de nuestras aparentes diferencias, la importancia de nuestra relación y de nuestra responsabilidad con la naturaleza, lo divertidos que pueden ser los juegos de palabras y, sobre todo, las ideas que encierran. ¿Ves? La filosofía sirve para encontrar relaciones inesperadas entre las cosas. Y eso es divertido.


SI ESTOS LIBROS LOS HAS ESCRITO HACE YA TIEMPO, ¿POR QUÉ NO LOS HABÍAS PUBLICADO?

Los libros no se publicaron antes porque las editoriales a las que acudí no quisieron publicarlos. "No encajan en nuestras colecciones", me decían. Pero a todo el que los veía le encantaban. Así que, finalmente, decidí prescindir de las editoriales tradicionales y lanzarlos en formato digital, cuando descubrí que estaba a mi alcance. Es otra de las razones por las que no cuentan –todavía– con versión impresa.    

EN LA FERIA DEL LIBRO DE MADRID DE ESTE AÑO, POR PRIMERA VEZ LOS TRADUCTORES ESTUVIERON REPRESENTADOS EN UNA CASETA. ¿ESTÁS DE ACUERDO CON LA DEFINICIÓN DEL TRADUCTOR COMO UN "SEGUNDO AUTOR"?

Desde luego. Javier Marías ha resumido en forma admirable al traductor como "un escritor privilegiado que tiene la oportunidad de reescribir obras maestras en su propia lengua". La clave está en la palabra reescribir. Traducir no es simplemente cambiar un código de comunicación por otro. Cada lengua es una manera de interpretar el mundo, que conlleva una amplia riqueza de componentes históricos y psicosociales. Por eso el traductor lo que hace propiamente es reescribir, desde la óptica de una cultura y también, muchas veces, de un momento distinto, lo que el escritor quiso expresar en su propio ámbito usando otro lenguaje. La diferencia puede ser tan grande que abarque épocas y culturas separadas por siglos y distancias o tan pequeña que requiera solo lo que llamaríamos una adaptación moderna, como leer el Quijote hoy día. Versionar, desde una perspectiva sociocultural, no es muy distinto de traducir (Jakobson lo llamó traducción intralingüística). Basta con leer las primeras líneas del Quijote y ya tropezamos con modos de expresión en desuso, aunque todavía comprensibles ("no ha mucho tiempo"), y otros que no lo son tanto, con alusión, por ejemplo, a tradiciones ("duelos y quebrantos los sábados") que hoy resultan ajenas a la mayoría de los lectores. Si esto sucede dentro de nuestro propio medio cultural, se entenderá la dificultad de representar en la lengua del lector actual lo que un escritor de otro entorno cultural ha escrito en la suya, hace tiempo o incluso hoy mismo.

El traductor está obligado a ser un conocedor no solo de la lengua y la cultura la que traduce, sino también de la que traduce para entender a cabalidad las referencias históricas y culturales involucradas. Pero eso es solo la condición previa. El trabajo realmente difícil es encontrar equivalentes de las expresiones, no solo descriptivos como lo haría un diccionario, sino con la connotación y las implicaciones de cada término, el contenido y las relaciones intratextuales, el tono preciso del discurso, la intencionalidad, la imaginación tras las palabras… El traductor, para hacer bien su trabajo, se ve obligado a ser un especialista tanto en el lenguaje como en sus interconexiones psico-socioculturales e históricas. En una palabra, tiene que ser escritor. La de traductor es una actividad que, a pesar de sus dificultades, resulta personalmente muy agradable –y también divertida– pero mal reconocida. No solo por el lector ocasional, atareado en otras cosas, en quien ese desconocimiento del trabajo que implica el libro que tiene en sus manos podría ser comprensible, sino incluso por quienes, por su profesión, deberían respetar más la tarea del traductor. Me refiero a los editores, y también a muchos correctores y equipos editoriales. En general, claro, porque hay honrosas excepciones. El riesgo de esta última aclaratoria, que casi preferiría no hacerla, es que todo el que debería sentirse aludido se sitúa mentalmente en la excepción y atribuye la crítica a los demás. Por eso quiero insistir en que las excepciones son muy, muy pocas. (Y seguramente usted, editor o corrector que está leyendo esto, no es precisamente una excepción.) Sí, me parece una excelente idea que se incorpore el reconocimiento a los traductores en la feria del libro. No solo es un reconocimiento justo sino necesario –como dice cierta liturgia de cuyo nombre no quiero acordarme... Y también debería figurar el nombre del traductor en la portada del libro, como el segundo autor que es, tal como se hace en otros países. Aunque esta iniciativa haya partido de los traductores mismos, y no de quienes debieron haberlo hecho.             

                                                                                                                    
AL REVÉS, NATURAL Y ARTIFICIAL… ¿SON CONCEPTOS DIFÍCILES DE APRENDER O DE EXPLICAR? 

En una ocasión me pidieron dar un curso de lógica axiomática a un grupo de estudiantes de ingeniería de sistemas que no había recibido ningún curso previo de lógica elemental, ni siquiera habían oído hablar del silogismo. Cuando le planteé el problema al director de la Escuela, su respuesta me dio que pensar: "Usted sabe que cualquier cosa puede enseñarse a cualquier nivel. Solo hay que encontrar el lenguaje apropiado". Pensándolo bien, las obras de Aristóteles estuvieron perdidas durante buena parte de la Edad Media. ¿Y si no se hubieran reencontrado nunca?… El desarrollo de la lógica podría haber sido diferente, y no es inconcebible, me parece, que la lógica de los sistemas informáticos se hubiera desarrollado por otros cauces. Así que rescaté de los estoicos y de Aristóteles sólo lo que me pareció más adecuado para una mejor comprensión de la base conceptual de la lógica moderna y di el curso a partir de principios conjuntistas y de la noción de algoritmo, que sí eran conocidos por ellos. Y funcionó. Los estudiantes asimilaron los conceptos, fueron capaces de resolver los problemas y aprobaron satisfactoriamente.
En esa misma línea, cuando mi hijo tenía unos seis o siete años (la edad a la que se dedican estos libros) se me ocurrió, como un experimento, explicarle la idea básica de la relatividad. Escogí ejemplos que él conocía: la distinta impresión que da la velocidad de un coche cuando se ve desde una acera o desde otro coche que también está en movimiento; o cómo se siente el peso de la bolsa de la compra en el momento de arrancar el ascensor y en el momento en que frena. Y le dije que la medida del tiempo que da el reloj depende de la velocidad que tengamos, aunque esa diferencia es demasiado pequeña para que nos demos cuenta. Lo aceptó sin dificultad. Claro que podríamos preguntarnos si lo entendió realmente. Pero entonces habría que preguntarse qué es entender. ¿Entendemos realmente el mundo?… Porque seguramente nosotros mismos no entendemos del todo conceptos tan ajenos a nuestra experiencia diaria. Obviamente, mi hijo entendió los ejemplos. ¿No es ahí por donde se empieza? Cuando aprendemos algo nuevo, ¿no tratamos de trasladar, de encontrar en ese nuevo terreno la sensación de familiaridad que nos da lo que ya conocemos? Está claro que la formulación matemática introduce un nuevo nivel de comprensión, pero ello no estaba en ese momento a su alcance, así que la obviamos por completo. Suelo empezar mis cursos de lógica presentando las relaciones elementales en forma intuitiva, a partir de situaciones y ejemplos en lenguaje ordinario. Llega un momento en que los estudiantes preguntan por las fórmulas. Ese es el momento de presentarlas, no antes. En estos libritos he tratado de presentar de manera sencilla ideas que podrían parecer complejas a partir de cosas cotidianas, de nociones simples y familiares para los niños, y hacerlo de modo que a la vez sea divertido y que estimule la imaginación, jugando con las ideas, las palabras y las cosas que los niños ya conocen... y que todos creemos conocer.       

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Fotos de los libros cortesía de letraminúscula.com

                         
TODOS SOMOS DE COLOR CAFÉ CON LECHE PLANTEA DE MANERA MUY SENCILLA LAS DIFERENCIAS IRRELEVANTES ENTRE LOS SERES HUMANOS Y LO QUE NOS UNE. ¿POR QUÉ ES NECESARIO REFLEXIONAR SOBRE ESTO?  

Con nuestros semejantes (por algo los llamamos "semejantes") nos sucede un poco lo que comentaba antes sobre el respirar. Somos todos tan… semejantes que damos nuestras semejanzas por descontado y, en consecuencia, nos llama más la atención lo que parece distinto: el color, los rasgos faciales, desde luego el idioma, la manera de vestir o las costumbres cuando son distintas de las nuestras. No reparamos en que todos respiramos el mismo aire, todos reímos y lloramos en ciertos momentos de nuestras vidas, todos tenemos que comer y dormir, todos queremos ser felices, todos amamos, todos necesitamos ser queridos. Abundan los estudios psicológicos, genéticos y antropológicos que demuestran que nuestras aparentes diferencias son mínimas y básicamente culturales, debido al desarrollo histórico relativamente independiente de los pueblos, más o menos aislados unos de otros hasta épocas históricamente recientes. Parece anacrónico y un signo de evidente retroceso que en estos tiempos de apertura, de aceptación de la diversidad y de establecimiento de vías comunicantes en todos los sentidos, haya quienes se empeñen en levantar muros y rechazar a quienes perciben como diferentes cuando lo que nos diferencia es, en el fondo, tan poca cosa. Creo que la obsesión por el rechazo y la exclusión provienen de una mala comprensión de los valores culturales propios y ajenos, y del desconocimiento de los procesos históricos. Las épocas de mayor progreso han sido las de mayor intercambio cultural. La variedad aporta riqueza: nos hace más inteligentes, comprensivos y mejores. No hay que tener miedo a los cambios. No hay que imponer leyes protectoras ni levantar barreras –que a la larga tampoco sirven de nada– para proteger los propios valores porque los valores que ameriten conservarse se mantendrán por sí mismos. Además, siempre habrá quienes se interesen por las tradiciones, hasta las más antiguas. ¿No hay acaso especialistas en lenguas y culturas desaparecidas? Las culturas cambian con el tiempo. Las lenguas evolucionan. Los valores se cuestionan, se revisan: es lo que hacen siempre las nuevas generaciones. Nuestras ideas, nuestra concepción del mundo y de los demás mejoran con la comunicación, la divulgación y el intercambio. No hay que temer el intercambio cultural, porque la cultura es patrimonio de todos y, cuanto más diversa, más estimulante y mejor. Es lo que intenta transmitir Todos somos de color café con leche… Porque todos estamos hechos de lo mismo.
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Enlace a los libros 

lunes, 27 de noviembre de 2017

Cómo la mentira iguala bandos opuestos


LA POLÍTICA Y LA MENTIRA

La mentira tiene una característica odiosa para quien la practica: como es contraria a los hechos, la simple observación permite evidenciarla.

Pero esa posibilidad de falsación por la experiencia, que exige un mínimo de racionalidad por parte de aquel a quien se dirige la mentira, hace que esta resulte curiosamente eficaz cuando la racionalidad importa menos que el sentimiento, el entusiasmo o la creencia irreflexiva, como a menudo sucede en el amor, el fútbol, las ideas religiosas o los ideales políticos.

No es difícil encontrar ejemplos de los dos primeros casos, y de seguro el lector no necesitará otros que los que su experiencia le haya dado a conocer, en otras personas o quizás en su propia vida. Algo más difícil resulta para muchos admitir la irracionalidad de la creencia religiosa, probablemente por efecto de una educación recibida sin espacio para el cuestionamiento, como ya denunciaba Sócrates (no olvidemos que esa crítica le valió ser condenado a muerte: la sociedad es reacia a la denuncia de sus debilidades). Pero a primera vista podría sorprender la persistencia con que la mentira florece una y otra vez en el ámbito político, donde casi todo el mundo reconoce haber sido víctima de engaño en más de una ocasión. Y es que los ideales son terreno fértil para las promesas, que no por incumplidas en el pasado dejan de ser atractivas, siempre intuidas como posibles. 

Aquí tampoco faltan ejemplos. En todas las latitudes los políticos alcanzan el poder con promesas en muchos casos imposibles de cumplir y que luego en muchos casos no cumplen, pero que tienen la fuerza de atraer las simpatías —y los votos— de quienes en el momento apuestan por un ideal, o simplemente un estado de bienestar, pese a haber sido defraudados con anterioridad. Es el poder que tiene la mentira, cuando apela a la emoción, de acallar momentáneamente a la elaborada y prudente razón. Si lo que oímos exalta nuestros valores, nuestros ideales o nuestro sentido de identificación grupal, o, en ocasiones, el natural deseo de mejorar nuestra situación, es fácil dejarse llevar por el sentimiento de euforia participativa, de ceder ante las falsas promesas. La manera de sustraerse a esa tendencia a la anulación del criterio racional no es otra que mediante el mismo ejercicio racional…, lo que dificulta reconocer la mentira cuando uno se deja llevar por la fascinación que ejerce.  

Según una frase memorable (atribuida comúnmente a Abraham Lincoln pero que procede del pastor protestante Jacques Abbadie, en su obra apologética de 1684, Traite de la vérité de la religion chrétienne), se puede engañar a todo el mundo durante algún tiempo, e incluso engañar a algunos todo el tiempo; pero no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo. Rajoy construyó el discurso político que lo llevó al gobierno mintiendo que mejoraría la situación económica y el bienestar general. Mentiras que, al revelarse falsas, han reducido la representación de su partido en su segundo periodo, de la mayoría absoluta con que contó en un principio, a una fracción minoritaria que le dificultó notoriamente formar gobierno. Y es que la mentira tiene corta vida cuando se contrasta con los hechos. Lo que el mentiroso fanatizado por su propia visión tergiversada de las cosas no ve porque no quiere ver. Todavía en su partido insisten en que son “la lista más votada”, con una representación de algo más del 20 por ciento… lo que evidencia que casi el 80 por ciento de la población le ha retirado su apoyo, dividida entre distintos partidos. 

A pesar de los evidentes retrocesos de este gobierno en la distribución de la economía interna (que ha hecho a los ricos cada vez más ricos mientras aumenta el número de pobres), los niveles increíbles de corrupción, la pérdida de derechos laborales, la precariedad del empleo y hasta la llamada “ley mordaza” con su amenaza a la plena libertad de expresión —promulgada como lógico instrumento de defensa de todo lo anterior—, cualquiera que viva o haya vivido en la España actual ha podido comprobar que, en términos generales, es un estado democrático donde todo el mundo puede, pese a todo, expresarse libremente. Una sencilla prueba: decir en los medios de comunicación que se vive en un estado represivo y repetirlo hasta el cansancio no es precisamente algo que pueda hacerse en un estado represivo. El propio acto locutivo desmiente, por vía paradójica, su pretendida verdad. Puigdemont y compañía no se cansan de insistir en la supuesta represión ejercida por una España de tintes totalitarios mientras se han expresado y actuado libremente, hasta el punto de haber incumplido las leyes en forma reiterada, desobedecido abiertamente al Tribunal Constitucional e incluso haber salido del país sin ningún tipo de trabas para evadir acciones legales —porque una característica que tienen todos los estados, también los democráticos, es que el incumplimiento de las leyes acarrea inevitablemente sanciones.

Una forma particularmente insidiosa de mentira son las medias verdades. Es cierto que el gobierno utilizó recursos (legales, económicos y hasta físicos) para impedir la votación en el referéndum intentado en Catalunya el 1 de octubre, que se produjeron cargas policiales y que algunos independentistas han sido detenidos. Pero, como han señalado otras voces, incluida Amnistía Internacional, a la que difícilmente podría acusarse de connivencia con el gobierno, un político preso no es un preso político, sino un ciudadano que, desde el ejercicio de la política, ha incumplido las leyes: en este caso, la de convocar y apoyar un referéndum ilegal desobedeciendo la Constitución; y si las cargas policiales pudieron ser inexcusables, también es verdad que fueron casos aislados. Pero la mentira, además de distorsionar, convierte hechos particulares en generales y, así, los independentistas han aprovechado los desaciertos del gobierno para denunciar una supuesta situación general de indefensión ciudadana frente a un estado enemigo del voto, totalitario y opresor.

Otra cosa es que la democracia española sea perfectible —como también es fácil comprobar. La prisión preventiva, dictada en este caso contra los responsables del referéndum ilegal, es una medida que no debería existir en un estado de derecho, o reducirse a solo unas horas y solo en casos extremos, como se hace en otros países. Se pueden objetar (y se han recurrido) las medidas judiciales por desmedidas. Se puede (y se debe) protestar la actuación abusiva de los cuerpos del orden. Se puede incluso discutir la conveniencia de trasladar la consulta popular (a través de instrumentos como el referéndum) de los órganos superiores del gobierno a las comunidades. Pero en los estados de derechoincluida España— existen mecanismos legales de discusión, denuncia, apelación…, cuya finalidad es enmendar deficiencias y corregir posibles excesos. Diversos informes internacionales sitúan a España entre las veinte principales naciones del mundo cuyos ciudadanos gozan de democracia plena tanto en libertades civiles como en derechos políticos. La puntuación varía según los organismos, entre los que se cuentan algunas ONG, pero generalmente se sitúa detrás de los países escandinavos, Canadá, Australia o Alemania, que ocupan los primeros lugares, y por delante de Francia (aunque sorprenda a algunos), Bélgica (adonde han huido Puigdemont y su grupo), Italia y los Estados Unidos. Ante tales datos, los defensores de las actuaciones del gobierno harían bien en no dejarse llevar por la euforia. Siempre pueden criticarse los índices utilizados, la selección de los datos de partida y hasta la imparcialidad de los evaluadores. La democracia española necesita y debe mejorar. Pero si el dictamen fuera contrario al Estado español, bien que ya lo habrían utilizado hasta el cansancio los independentistas a ultranza, sin asomo de cuestionar su validez.

La justa ponderación a la que, en principio, debe conducir la observación objetiva no será nunca la conclusión del mentiroso de uno u otro bando, que se empeñará obstinadamente, el uno en generalizar o exagerar los hechos, el otro en minimizarlos o negarlos. Ambos harán oídos sordos a cualquier razón fuera de su propio y, por lo general, cada vez más empobrecido discurso.

Una de las mentiras acerca de la mentira (una metamentira) que más se repite en el terreno político (y que algunos atribuyen a Goebbels, otros a Lenin) es que una mentira repetida un número suficiente de veces se convierte en verdad. Repítase el lector cada día que es un pájaro y avíseme cuando le salgan plumas y arranque a volar… Chistes malos aparte, la metáfora no implica, por supuesto, que en algún momento la mentira empezará a ser verdad. Pero su constante repetición logrará que lo parezca para el ciudadano desprevenido o para quien quiera creerlo. Creyentes, voluntarios o no, que pueden llegar a ser mayoría. Pero que una multitud considerable llegue a compartir una mentira —como sucede típicamente en las guerras, siempre excusadas con la mentira de la propia justificación sobre el derecho ajeno no la convierte en verdad… ni impedirá, una vez descubierto el engaño, el sentimiento de repulsa de los decepcionados —que, en ocasiones, también pueden llegar a ser mayoría.

El mentiroso, con frecuencia arrastrado por su propia mentira (nada hay más fácil que engañarse uno mismo) termina por ver solo lo que quiere ver, y al independentista a ultranza lo ciega su visión estrecha de los hechos. En su dogmatismo no se cansará de repetir que es víctima de un estado antidemocrático y represivo, que le niega su derecho al voto…, sin mirar que todo derecho está condicionado por la ley y por las circunstancias y sin darse cuenta de que la incapacidad de ver las cosas en su auténtica complejidad lo descalifica —al igual que al gobierno que rechaza— para poder cumplir las bondades que promete. 


domingo, 22 de octubre de 2017

La política y la filosofía


LA TORPEZA DEL INDEPENDENTISMO CATALÁN

Dice Aristóteles —pero los políticos no leen— que quien se propone un objetivo hace bien en inventariar las condiciones con las que cuenta para poder alcanzarlo. Y, acto seguido, trabajar diligentemente para reunir, una a una, aquellas que le falten a fin de encaminarse en forma paulatina y segura hacia su consecución. Nada más sencillo y más obvio. Sin duda, no es una de las máximas más profundas del importante filósofo pero, aun así, los políticos, que no saben leer (porque saber leer es, sobre todo, saber pensar), lo ignoran.

En un momento histórico en que la universalidad de la información y la inmediatez del conocimiento a nivel mundial invitan al entendimiento entre la diversidad de grupos humanos, a la apertura y a la inclusión, hay quienes, confundidos y espantados por lo que erróneamente sienten como una amenaza a su integridad y sus valores, despiertan los viejos fantasmas del etnocentrismo y el nacionalismo que tanto daño han hecho en el pasado y el presente —¿ha habido alguna guerra que no enarbolara el estandarte de la propia identidad, que no preconizara el orgullo de los valores propios frente a los de otros?—, y así, en una época de necesaria solidaridad internacional, que se expresa en proyectos de elevadas pretensiones, por desgracia no siempre fáciles de llevar adelante y no ejemplares en todas sus acciones, como la Unión Europea, los ultranacionalismos pretenden erigir fronteras, establecer divisiones, separar en vez de unir.

Es posible que el actual momento no sea el más adecuado para separatismos. De hecho, puede que sea el peor momento de la historia para invocar viejas fronteras o establecer otras nuevas. Por mucho que las comunidades y ciudades-estado del pasado conocieran épocas de prosperidad, esta siempre se vio amenazada por los constantes enfrentamientos (nacionalistas, etnocéntricos) entre ellas, mientras que algunos de los momentos de mayor desarrollo cultural y económico de la humanidad han sido aquellos marcados por la tolerancia, el intercambio recíproco, la convivencia, la aceptación del otro. ¿Hay que recordar la unión de la Magna Grecia, la época alejandrina, la Liga Hanseática, el progreso de los centros de confluencia de la Ruta de la Seda, el Renacimiento, la Ilustración con su exaltación de la universalidad, los progresos científicos y culturales durante los siglos más tolerantes de la expansión musulmana, la enorme influencia mundial de la España previa a la Inquisición?… Incluso bajo la hegemonía totalitarista de los grandes imperios del pasado, lo que engendró riqueza económica y cultural fue la diversidad. ¿Hay que recordar la interculturalidad de la Pax Romana, o de la China unificada por el Primer Emperador? Los políticos actuales, voluntariamente o no, lo ignoran, quizás debido a su falta de lecturas.

Como sea, quien se propone un objetivo —aun sin haber leído a Aristóteles, mediante el solo sentido común— debería revisar si tiene los recursos necesarios, y buscarlos si no fuera así. Si el objetivo es la creación de un Estado, lo primero y esencial es contar con los apoyos suficientes. Primero y fundamentalmente, de la población. Un proceder lógico para un objetivo de tal envergadura, en nuestra época, sería hacer un referéndum. ¿Tiene la Generalitat (o cualquier Autonomía española) la facultad para llevarlo a cabo? Dentro de la Constitución actual, no. De hecho, en cualquier país, la secesión es la tarea más difícil que podría proponerse cualquier gobierno regional o autonómico, ya que la disgregación del Estado no será, previsiblemente, una opción contemplada por la legislación. En una secuencia lógica se impone, por consiguiente, modificar primero las leyes a fin de posibilitar la separación, ya que lo contrario sería un enfrentamiento imposible de ganar por vías legales o jurídicas. En épocas pasadas, bajo condiciones de dominación política, el enfrentamiento habría sido posiblemente la única vía, con la previsible consecuencia de una guerra —que podría ganarse o no—, la destrucción generalizada y la irreparable pérdida de vidas. Pero en un moderno estado democrático de la Europa del siglo XXI, existen garantías jurídicas y de derechos humanos, así como mecanismos para modificar y pactar las leyes. ¿Qué haría un político inteligente? (sé que la expresión es un oxímoron). En primer lugar, parlamentar. Existe, literalmente, un Parlamento, que sirve precisamente para eso. No ya un político, sino cualquier persona inteligente, no esperaría un éxito inmediato. Más bien todo lo contrario. La tarea será larga y difícil. Tendrá que empezar por convencer no ya de su objetivo sino de la mera posibilidad de discutirlo. Todas las leyes, todas las instituciones, todos los mecanismos existentes están en su contra. Además necesita asegurarse de que cuenta no sólo con el apoyo obvio de su grupo político sino de una amplia mayoría de la población. Es claro para cualquier mente razonable (pero ¿existen políticos razonables?) que una mayoría cualquiera no basta para un objetivo tan drástico que afectará de un modo u otro la vida de todos los ciudadanos. Necesitará de una mayoría cualificada que aporte al proyecto un respaldo incuestionable. En su compleja tarea, deberá prever las consecuencias económicas y financieras, jurídicas, educativas, tecnológicas, sociales y culturales de su proyecto. Deberá consultar con todos los estamentos de la población y obtener su respaldo. Sólo así contará con una base sólida para un proyecto de esa magnitud. Y sólo entonces estará en capacidad de intentar emprenderlo. Aun así, será una negociación difícil que, como toda negociación, tendrá que ser pactada y, como en toda negociación, habrá que ceder en algunos puntos, como lo exigen el elemental respeto y la sana convivencia con un Estado del que se ha formado parte hasta ahora y con el que necesariamente habrá que convivir en un mundo de universalidad y de pactos globales. Un mundo en el que, probablemente, el separatismo será un retroceso que no aporte ninguna ventaja social ni económica al nuevo Estado. Pero al menos, habría habido una clara voluntad mayoritaria llevada a sus consecuencias dentro de un proceso legal.

Algo tan obvio como lo anterior queda, obviamente, fuera de la capacidad mental de los políticos. Junqueras, al hablar falsamente de las diferencias genéticas de los catalanes con el resto de los españoles, que desmienten tanto la genética como la historia, aparte de generar dudas sobre su supuesta calidad de historiador, revela un vergonzoso racismo: desatinos que avalan su nula capacidad de negociación. Cuando Artur Mas aseguró que ninguna empresa se iría de Catalunya demostró no tener ni idea de los mecanismos económicos de la comunidad que pretendía gobernar: desde que se inició el procés, 35 grandes empresas, algunas de arraigada tradición, han abandonado Catalunya, incluidos dos de sus tres bancos más importantes; en total, unas 1200 empresas entre grandes y pequeñas ya han trasladado su sede social fuera de la comunidad autónoma (al menos un importante empresario ha denunciado que en ningún momento fueron consultados por los políticos independentistas, y los que advirtieron de los problemas que planteaba la separación no fueron oídos). Puigdemont, en vez de aprovechar de manera inteligente la torpe y reiterada negativa del gobierno central al diálogo, oponiendo un comportamiento intachable que evidenciara su superioridad política y legal, y que habría podido ganarle apoyo moral, se empeña, también torpemente, en desconocer las leyes que lo obligan y en provocar irresponsables movimientos de masas, como un trasnochado cabecilla de otra época en un cargo que obviamente le queda grande.

Ya lo decía Platón —pero ya sabemos que los políticos no leen—: el mejor gobernante es el filósofo. El problema es que quien ama la sabiduría y, presumiblemente, gobernaría con ella a sus conciudadanos, está tan interesado en saber que no quiere ocuparse del gobierno. Y así, está condenado —como usted y como yo, apreciado lector— a ser gobernado por ineptos.

 

viernes, 6 de octubre de 2017

Ilegalidad frente a inmovilismo


NI PUIGDEMONT NI RAJOY

La inteligencia es un bien escaso. Y no abunda en la clase política. De hecho, es uno de los lugares donde es más difícil encontrarla. Vemos muestras de ello todos los días. Una de las más recientes, y de las más graves, por su repercusión en la sociedad que los políticos dicen representar, es el enfrentamiento entre el govern de la Generalitat y el gobierno de España, ambos anclados en posiciones irreductibles que solo conducen al desastre.

Pero eso no les importa a los políticos, siempre que el desastre lo sufran otros, sobre todo si ellos obtienen algún rédito, medible por sus éxitos, su popularidad, su permanencia en el poder que tanto valoran, o su ego que valoran aún más. Porque ellos saben, ¡qué desgracia!, que no podrán permanecer siempre en el poder; ni aun los dictadores más inamovibles, porque la vida humana tiene un límite. Pero en los libros de historia, en los documentos oficiales, en las hemerotecas, sí quedará su nombre, y si puede ser asociado a algo que suene grande, como “la independencia de un pueblo” o “la defensa de la unidad del país”, pues mejor. ¿A qué mayor gloria se puede aspirar?

Y para alimentar ese ego no dudarán en utilizar las leyes para sus fines personales, en destruir al adversario (con medios que en otra época podían llegar a la ejecución, o con la inhabilitación política en los actuales estados de derecho), en incitar a las masas, en arrastrar al desastre lo que se interponga en su camino, siempre que puedan echarle la culpa al otro. Y siempre puede echársele la culpa a otro, como demuestran la retórica y la historia, desde los comienzos de la teoría de la argumentación con Gorgias, en los inicios de la filosofía occidental, hasta los falsos argumentos de Puigdemont y de Rajoy.

Si fueran niños –mentalmente, en muchos respectos, lo son– habría que sentarlos ante una mesa de discusión y mantenerlos allí, como a párvulos malcriados, hasta que llegaran a un acuerdo. Porque una de las primeras cosas que un niño debería aprender es que tan difícil es que alguien tenga toda la razón como que esté totalmente equivocado. A diferencia de las matemáticas, donde unas cuantas reglas explícitas permiten decidir unívocamente si algo es verdadero o falso, en el mundo de las relaciones humanas, donde confluye una compleja variedad de factores de difícil ponderación, las cosas no son blancas o negras: lo normal es que haya una enorme diversidad de grises.

Ni España es indivisible ni el único futuro posible de Catalunya (Cataluña) es la independencia.


EL RECLAMO              

En primer lugar, una cuestión de matices: más que de independencia se trata de separatismo: Catalunya y España no son, en los actuales momentos, un país dependiente de otro, como no lo son Galicia ni el País Vasco, Castilla-La Mancha o Extremadura, respecto de España. Todas ellas son comunidades autónomas españolas, con un régimen político-jurídico determinado, que forman parte de un mismo territorio nacional, así reconocido por Europa y las demás naciones del mundo (al margen de otros usos que puedan dársele a los términos nación, país, comunidad, región, comarca, estado o el que guste). No obstante, dado que prefieren llamarse independentistas, usaré el término independencia.

Los principales argumentos (llamémosles así) de Puigdemont, Junqueras y demás independentistas, son falaces: “el derecho internacional reconoce el derecho a la autodeterminación de los pueblos”. Este es un enunciado muy general que, como todos los enunciados generales, requiere aclaración. De manera muy general también, existen tres casos de aplicación de este derecho: el colonialismo, los países bajo intervención militar de otro estado, y la violación reiterada y permanente de los derechos humanos. Ninguno de ellos aplicable a Catalunya (ni a ninguna otra autonomía española). En el simplismo de sus objetivos personales, los independentistas no intentan explicar esos matices a los ciudadanos (con lo que cumplirían una importante labor educativa); al contrario, manipulan las masas con frases vagas y generales: ¿Quién no quiere ser libre? ¿No es el voto un derecho? ¡El opresor Estado español nos niega ese derecho! Y sin explicar en qué consiste la libertad que ellos prometen, desconocen la legalidad que se comprometieron en su momento a respetar y cuyo cumplimiento, por su parte, exigirán después al pueblo. Porque en los estados de derecho (incluido el que ellos supuestamente proponen) las competencias políticas están distribuidas. Entre ellas, quién puede convocar legalmente un referéndum. Según la Constitución vigente, no las comunidades autónomas, ni cualquier instancia popular. La facultad corresponde a los órganos superiores, más generales, del gobierno. De seguir el simple argumento de los independentistas, tendrían que permitir que, una vez alcanzada la independencia, cualquier provincia catalana que así lo quisiera pudiera hacer su propio referéndum separatista, y tendrían que aceptar (de acuerdo al criterio que ahora esgrimen) su posible independencia. Es la llamada teoría de la infinita divisibilidad, según la cual cada pequeña comunidad, en función de su derecho a la autodeterminación, generaría pequeños estados cada vez más fragmentados hasta el extremo de llegar a formar grupúsculos independientes constituidos por no más de un puñado de individuos (fenómeno que algunos politólogos han llamado “tribalismo posmoderno”). Pero a los independistas no les importan sus propias contradicciones. Así, promulgan sus propias leyes por vías contrarias a la ley. Desconocen al Tribunal Constitucional y al Tribunal Supremo pero acuden a ellos para interponer recursos frente a las actuaciones del gobierno. Apelan a mayorías que no tienen: según todos los sondeos de opinión disponibles, directos e indirectos, el independentismo alcanza en Catalunya la considerable cifra de un 47-48%. Respetable, sin duda, pero no es mayoría. Ni siquiera mayoría absoluta (que, como se sabe, y ellos deberían recordar, es del 51%). Sin contar que para ciertas acciones políticas de importancia suele requerirse una mayoría cualificada, a veces de 2/3. ¿Es que no es lo bastante importante una declaración de independencia? Pero Puigdemont y compañía dicen estar acatando un mandato del pueblo, pronunciado en referéndum... Un referéndum no solo ilegal según la Constitución sino fallido por razones técnicas y logísticas, resultado de las pocas actuaciones, justificadas o no, del gobierno español (a lo que me referiré enseguida). Referéndum al que, dicho sea de paso, acudieron algo más de 2 millones de votantes… de una población de más de 7 millones (de los cuales más de 5 millones poseen derecho a voto).   

Por su parte, el Estado español se ha negado siempre a aceptar la celebración de un referéndum sobre la independencia de Catalunya que, también según los sondeos existentes, reclama hasta un 75-80% de la población catalana. Cifra seguramente mayor en estos momentos como reacción a la brutalidad con que la policía reprimió el referéndum celebrado por la Generalitat hace unos días –brutalidad que, aparte de ser habitual de los cuerpos policiales (de todos ellos) cuando se trata de reprimir a ciudadanos indefensos, era totalmente innecesaria si el referéndum no era válido. Dejando aparte cuestiones históricas cuya relevancia para el presente es siempre discutible (en 1934 se proclamó, bajo circunstancias muy distintas, la República Catalana; independencia que duró 10 horas), en época reciente ha habido hasta cinco votaciones en Catalunya desde 2006, relacionadas de alguna manera con el derecho a decidir de la población: el Estatuto de Autonomía de ese año, legalmente propuesto y aprobado, y refrendado por la mayoría de la población catalana, que fue más tarde rechazado por el Tribunal Constitucional, un par de consultas municipales celebradas legalmente y desoídas por el gobierno de España, y la célebre y disputada consulta de hace solo tres años sobre el futuro político de Catalunya, que el gobierno español finalmente también declaró inconstitucional, más las elecciones autonómicas de 2015 al Parlament de Catalunya, donde los independistas obtuvieron una importante representación y a partir de la cual establecieron su “hoja de ruta” para la independencia. 


LA POLÍTICA DEL AVESTRUZ          

Esa negativa permanente del gobierno de España a atender a un reclamo de la población, o de una parte de ella, concentrada o no en una comunidad autónoma, pero principalmente si proviene de una comunidad autónoma que reclama mayor autodeterminación, no puede tener otra consecuencia que la exacerbación del reclamo, sobre todo cuando la desatención es percibida como la negación de un derecho. La política del avestruz no logra disipar la realidad, por más que así lo crea el animal que, de momento, deja de percibirla. Al contrario, cuando el avestruz saque al final la cabeza del agujero se encontrará con una realidad más imponente y más cercana, que terminará por afectarle de una manera mucho mayor y directa.

Lo inteligente en política, como en todos los ámbitos –pero los políticos no son inteligentes– es siempre escuchar al otro. Porque, previsiblemente, la razón no estará nunca por entero en uno de los lados, sino que se repartirá en forma desigual entre las diversas posiciones. Algo tan básico, que es lo primero que deberían aprender los niños, los políticos lo ignoran.

Las sociedades cambian, y las instituciones deben cambiar en consecuencia. El mundo, hoy a un ritmo mucho más rápido que en el pasado, cambia. El modelo de estado que en un momento fue adecuado para la incorporación de España a Europa y al mundo, cerrando bien o mal el triste episodio de cuarenta años de dictadura para abrirse a la democracia moderna, hoy necesita cambiar para adaptarse. El Estado español debe responder a la realidad presente si quiere seguir siendo una nación moderna que tenga algo que decir y que diga algo en el concierto internacional. Muchas cosas hay que cambiar en España, y sería muy largo mencionarlas todas, desde viejos compromisos que subsisten con un pasado condenable que aún no ha sido oficialmente condenado, pasando, entre otras cosas, por la función social de las instituciones bancarias o la competencia de los jueces, hasta la redefinición de las atribuciones autonómicas. Entre estas, ya urgente –se ha hecho urgente por la política del avestruz adoptada– está la cuestión de Catalunya.


POSICIONES IRREDUCTIBLES          

El inmovilismo suele ser una mala política. Y en materia de convivencia, la peor. El gobierno español tiene miedo al cambio, como ha dicho muchas veces el Partido Popular, a “romper la unidad de España”. Pero esa unidad está resquebrajada de hecho en estos momentos por la actitud pusilánime e inmovilista de Rajoy. Cuando esto escribo, estamos a escasos cinco días de la anunciada reunión del Parlament en la que se podría proclamar la nueva República Catalana. ¿Qué diablos está haciendo Rajoy que no ha llamado a Puigdemont, como es su obligación política y moral, para sentarse a negociar, junto con todas las demás fuerzas políticas, hasta llegar a un acuerdo? Más veces ha dado la cara en este problema, en forma aislada, la vicepresidenta del gobierno que el presidente. ¿Qué asunto sería lo bastante serio para que Rajoy asumiera directamente la responsabilidad que le corresponde de afrontarlo? No es tan difícil llegar a acuerdos si hay voluntad de alcanzarlos. Pero está claro que esa voluntad no existe. A ambos presidentes, de la Generalitat y de España, les interesa más su propio ego que el bienestar y el futuro del pueblo que dicen representar. Aunque su recalcitrante actitud, en uno y otro caso, lleven al desastre. A fin de cuentas, ya le echarán las culpas al otro, como siempre, y como en este momento están haciendo.

Los movimientos sociales susceptibles de generar violencia –y los movimientos políticos lo son, por antonomasia– no suelen pasar sin cobrarse víctimas. En respuesta a la brutalidad con que la policía reprimió a los votantes en el referéndum del 1 de octubre pasado, grupos de gentes acosaron después a los policías alojados en sus hoteles, sin discriminar entre quienes pudieron o no ser responsables. Algunos piquetes de huelguistas intimidaron a los dueños de los negocios que no se adhirieron a la huelga convocada hace dos días. Hay quienes manifiestan desprecio ante los vecinos que empiezan a percibir como adversarios (y hasta casos de acoso estudiantil, indicio de actitudes que los niños agresores perciben en sus casas). Ya ha habido enfrentamientos ocasionales de manifestantes de uno y otro bando, puesto que ahora se puede hablar de bandos, que hasta ayer prácticamente no existían. Y es que es muy fácil manipular a las masas mientras se habla hipócritamente de legalidad y civismo. Los tumultuosos que se agruparon frente a los hoteles aparecieron cuando Puigdemont exigió públicamente que los policías enviados por el gobierno central para impedir el referéndum se fueran de Catalunya. Rajoy llama a la unidad de España y no tardan en hacerse notar grupos exaltados de una ultraderecha nostálgica que todavía pulula a sus anchas en el país. Por fortuna, esas lamentables muestras de animosidad no representan el sentir de la mayoría que, contrariamente a la actitud de enfrentamiento de quienes las motivan en forma irresponsable, sigue viviendo en pacífica y respetuosa convivencia. 

¿Es posible llegar a un acuerdo en estos momentos? Desde posiciones irreductibles, evidentemente no. Independencia y unidad son antagónicas. Pero si los políticos miraran más allá de su ombligo seguro que se asombrarían de descubrir, con bastante frecuencia, ventajas en el punto de vista de quien consideran su adversario. En una burda aproximación, la independencia puede conllevar inseguridad económica: problemas de autoabastecimiento, disminución de la inversión, inestabilidad de los mercados (ya varias importantes empresas y entidades bancarias han anunciado su salida de Catalunya), dificultades para la financiación de la investigación científica y tecnológica…, aparte de la inmediata falta de relevancia a nivel internacional, entre otras cosas. Por otra parte, la unidad a ultranza, en desconocimiento de diferencias culturales, sociales y económicas, genera claras injusticias además de que frena iniciativas valiosas en todos los terrenos. Seguramente, en el actual momento histórico, habrá un punto intermedio que marcará un máximo de beneficios y un mínimo de desventajas para ambas partes. Si Rajoy y Puigdemont son incapaces de verlo, seguro que en torno suyo hay muchas mentes capaces de aportar ideas. Por muchas razones, es claro que el modelo de las autonomías se queda atrás para el estado que España necesita hoy. Se ha hablado de federación. La idea no es nueva: la Primera República Española de 1873, que duró menos de dos años, fue una federación, y el modelo volvió a plantearse (aunque no se adoptó) durante las discusiones para la Constitución de 1931. Actualmente la referencia más obvia podría ser el modelo de cantones suizos, los Estados Unidos o la misma Unión Europea, aunque probablemente podría encontrarse un modelo propio y más idóneo. Algunos han mencionado una forma de Federación Ibérica, a la que quizás, si le conviene hacerlo, querría unirse Portugal en un futuro… En cualquier caso, ideas no faltan. 


EL PUEBLO QUE LOS POLÍTICOS NO REPRESENTAN              

Son muchas las voces que han advertido del desastre al que pretenden llevarnos los políticos en su irresponsabilidad. Muchas las personas que en la calle, en los medios de comunicación, en las redes sociales, desde la intelectualidad hasta el deporte, desmontan la mentira, rechazan actitudes recalcitrantes, reclaman la necesidad de diálogo. Pero, ¿quieren dialogar Puigdemont y Rajoy?

A todas luces, no. En un insulto más a la inteligencia de los ciudadanos, ambos dicen hipócritamente estar dispuestos al diálogo anteponiendo su propia posición como condición irrenunciable, con lo que rechazan de antemano toda posibilidad de acuerdo. En los actuales momentos resulta claro que los pueblos que Rajoy y Puigdemont dicen representar superan con mucho a sus políticos, en pensamiento y en valor humano. Cada vez queda menos tiempo para que otros políticos que aún sean capaces de pensar se tomen en serio llevar a este par de irresponsables a un diálogo honesto. Si estos quieren avanzar hacia el desastre haciendo uso de las leyes a su antojo o quedándose sentados mientras los acontecimientos los superan, los que todavía están más allá de egoístas intereses personales deberían ser capaces de sentarlos a la mesa de diálogo antes de que las cosas se les vayan de las manos. El pueblo pensante tiene derecho a mejores gobernantes.       


jueves, 6 de junio de 2013

Desaire al ministro

Según la prensa de ultraderecha y muchos nostálgicos del nacionalcatolicismo que aún quedan, estos graduados universitarios con honores son unos maleducados por no darle la mano al ministro. Debe ser que sacar a la gente de sus casas por la fuerza, reducir los salarios, dejar sin empleo y hasta en la indigencia a una parte considerable de la población, aumentar los impuestos al pueblo para salvar del desastre que han causado quienes cobran sueldos millonarios, y siguen cobrándolos, estafando y aplicando cláusulas abusivas, dejar la sanidad en situación precaria, impedir el acceso a la justicia, golpear brutalmente y multar a quienes ejercen el derecho de protestar, imponer una educación doctrinaria y selectiva… es respetar a los ciudadanos y sus derechos. "Si vas a faltar el respeto –piensan ellos–, al menos guarda las apariencias. Sé tan hipócrita como nosotros, que para eso es la educación que queremos darte. Hay que dar la mano a quien te golpea, te expolia, te humilla y te despoja de tus derechos." Pues estos universitarios, con más formación que muchos de esos ministros cuyo único mérito es pertenecer a un partido político, han dicho no. No van a dar la mano a alguien que forma parte activa de quienes hunden al país en la vergüenza. Un gesto que los honra.