lunes, 27 de noviembre de 2017

Cómo la mentira iguala bandos opuestos


LA POLÍTICA Y LA MENTIRA

La mentira tiene una característica odiosa para quien la practica: como es contraria a los hechos, la simple observación permite evidenciarla.

Pero esa posibilidad de falsación por la experiencia, que exige un mínimo de racionalidad por parte de aquel a quien se dirige la mentira, hace que esta resulte curiosamente eficaz cuando la racionalidad importa menos que el sentimiento, el entusiasmo o la creencia irreflexiva, como a menudo sucede en el amor, el fútbol, las ideas religiosas o los ideales políticos.

No es difícil encontrar ejemplos de los dos primeros casos, y de seguro el lector no necesitará otros que los que su experiencia le haya dado a conocer, en otras personas o quizás en su propia vida. Algo más difícil resulta para muchos admitir la irracionalidad de la creencia religiosa, probablemente por efecto de una educación recibida sin espacio para el cuestionamiento, como ya denunciaba Sócrates (no olvidemos que esa crítica le valió ser condenado a muerte: la sociedad es reacia a la denuncia de sus debilidades). Pero a primera vista podría sorprender la persistencia con que la mentira florece una y otra vez en el ámbito político, donde casi todo el mundo reconoce haber sido víctima de engaño en más de una ocasión. Y es que los ideales son terreno fértil para las promesas, que no por incumplidas en el pasado dejan de ser atractivas, siempre intuidas como posibles. 

Aquí tampoco faltan ejemplos. En todas las latitudes los políticos alcanzan el poder con promesas en muchos casos imposibles de cumplir y que luego en muchos casos no cumplen, pero que tienen la fuerza de atraer las simpatías —y los votos— de quienes en el momento apuestan por un ideal, o simplemente un estado de bienestar, pese a haber sido defraudados con anterioridad. Es el poder que tiene la mentira, cuando apela a la emoción, de acallar momentáneamente a la elaborada y prudente razón. Si lo que oímos exalta nuestros valores, nuestros ideales o nuestro sentido de identificación grupal, o, en ocasiones, el natural deseo de mejorar nuestra situación, es fácil dejarse llevar por el sentimiento de euforia participativa, de ceder ante las falsas promesas. La manera de sustraerse a esa tendencia a la anulación del criterio racional no es otra que mediante el mismo ejercicio racional…, lo que dificulta reconocer la mentira cuando uno se deja llevar por la fascinación que ejerce.  

Según una frase memorable (atribuida comúnmente a Abraham Lincoln pero que procede del pastor protestante Jacques Abbadie, en su obra apologética de 1684, Traite de la vérité de la religion chrétienne), se puede engañar a todo el mundo durante algún tiempo, e incluso engañar a algunos todo el tiempo; pero no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo. Rajoy construyó el discurso político que lo llevó al gobierno mintiendo que mejoraría la situación económica y el bienestar general. Mentiras que, al revelarse falsas, han reducido la representación de su partido en su segundo periodo, de la mayoría absoluta con que contó en un principio, a una fracción minoritaria que le dificultó notoriamente formar gobierno. Y es que la mentira tiene corta vida cuando se contrasta con los hechos. Lo que el mentiroso fanatizado por su propia visión tergiversada de las cosas no ve porque no quiere ver. Todavía en su partido insisten en que son “la lista más votada”, con una representación de algo más del 20 por ciento… lo que evidencia que casi el 80 por ciento de la población le ha retirado su apoyo, dividida entre distintos partidos. 

A pesar de los evidentes retrocesos de este gobierno en la distribución de la economía interna (que ha hecho a los ricos cada vez más ricos mientras aumenta el número de pobres), los niveles increíbles de corrupción, la pérdida de derechos laborales, la precariedad del empleo y hasta la llamada “ley mordaza” con su amenaza a la plena libertad de expresión —promulgada como lógico instrumento de defensa de todo lo anterior—, cualquiera que viva o haya vivido en la España actual ha podido comprobar que, en términos generales, es un estado democrático donde todo el mundo puede, pese a todo, expresarse libremente. Una sencilla prueba: decir en los medios de comunicación que se vive en un estado represivo y repetirlo hasta el cansancio no es precisamente algo que pueda hacerse en un estado represivo. El propio acto locutivo desmiente, por vía paradójica, su pretendida verdad. Puigdemont y compañía no se cansan de insistir en la supuesta represión ejercida por una España de tintes totalitarios mientras se han expresado y actuado libremente, hasta el punto de haber incumplido las leyes en forma reiterada, desobedecido abiertamente al Tribunal Constitucional e incluso haber salido del país sin ningún tipo de trabas para evadir acciones legales —porque una característica que tienen todos los estados, también los democráticos, es que el incumplimiento de las leyes acarrea inevitablemente sanciones.

Una forma particularmente insidiosa de mentira son las medias verdades. Es cierto que el gobierno utilizó recursos (legales, económicos y hasta físicos) para impedir la votación en el referéndum intentado en Catalunya el 1 de octubre, que se produjeron cargas policiales y que algunos independentistas han sido detenidos. Pero, como han señalado otras voces, incluida Amnistía Internacional, a la que difícilmente podría acusarse de connivencia con el gobierno, un político preso no es un preso político, sino un ciudadano que, desde el ejercicio de la política, ha incumplido las leyes: en este caso, la de convocar y apoyar un referéndum ilegal desobedeciendo la Constitución; y si las cargas policiales pudieron ser inexcusables, también es verdad que fueron casos aislados. Pero la mentira, además de distorsionar, convierte hechos particulares en generales y, así, los independentistas han aprovechado los desaciertos del gobierno para denunciar una supuesta situación general de indefensión ciudadana frente a un estado enemigo del voto, totalitario y opresor.

Otra cosa es que la democracia española sea perfectible —como también es fácil comprobar. La prisión preventiva, dictada en este caso contra los responsables del referéndum ilegal, es una medida que no debería existir en un estado de derecho, o reducirse a solo unas horas y solo en casos extremos, como se hace en otros países. Se pueden objetar (y se han recurrido) las medidas judiciales por desmedidas. Se puede (y se debe) protestar la actuación abusiva de los cuerpos del orden. Se puede incluso discutir la conveniencia de trasladar la consulta popular (a través de instrumentos como el referéndum) de los órganos superiores del gobierno a las comunidades. Pero en los estados de derechoincluida España— existen mecanismos legales de discusión, denuncia, apelación…, cuya finalidad es enmendar deficiencias y corregir posibles excesos. Diversos informes internacionales sitúan a España entre las veinte principales naciones del mundo cuyos ciudadanos gozan de democracia plena tanto en libertades civiles como en derechos políticos. La puntuación varía según los organismos, entre los que se cuentan algunas ONG, pero generalmente se sitúa detrás de los países escandinavos, Canadá, Australia o Alemania, que ocupan los primeros lugares, y por delante de Francia (aunque sorprenda a algunos), Bélgica (adonde han huido Puigdemont y su grupo), Italia y los Estados Unidos. Ante tales datos, los defensores de las actuaciones del gobierno harían bien en no dejarse llevar por la euforia. Siempre pueden criticarse los índices utilizados, la selección de los datos de partida y hasta la imparcialidad de los evaluadores. La democracia española necesita y debe mejorar. Pero si el dictamen fuera contrario al Estado español, bien que ya lo habrían utilizado hasta el cansancio los independentistas a ultranza, sin asomo de cuestionar su validez.

La justa ponderación a la que, en principio, debe conducir la observación objetiva no será nunca la conclusión del mentiroso de uno u otro bando, que se empeñará obstinadamente, el uno en generalizar o exagerar los hechos, el otro en minimizarlos o negarlos. Ambos harán oídos sordos a cualquier razón fuera de su propio y, por lo general, cada vez más empobrecido discurso.

Una de las mentiras acerca de la mentira (una metamentira) que más se repite en el terreno político (y que algunos atribuyen a Goebbels, otros a Lenin) es que una mentira repetida un número suficiente de veces se convierte en verdad. Repítase el lector cada día que es un pájaro y avíseme cuando le salgan plumas y arranque a volar… Chistes malos aparte, la metáfora no implica, por supuesto, que en algún momento la mentira empezará a ser verdad. Pero su constante repetición logrará que lo parezca para el ciudadano desprevenido o para quien quiera creerlo. Creyentes, voluntarios o no, que pueden llegar a ser mayoría. Pero que una multitud considerable llegue a compartir una mentira —como sucede típicamente en las guerras, siempre excusadas con la mentira de la propia justificación sobre el derecho ajeno no la convierte en verdad… ni impedirá, una vez descubierto el engaño, el sentimiento de repulsa de los decepcionados —que, en ocasiones, también pueden llegar a ser mayoría.

El mentiroso, con frecuencia arrastrado por su propia mentira (nada hay más fácil que engañarse uno mismo) termina por ver solo lo que quiere ver, y al independentista a ultranza lo ciega su visión estrecha de los hechos. En su dogmatismo no se cansará de repetir que es víctima de un estado antidemocrático y represivo, que le niega su derecho al voto…, sin mirar que todo derecho está condicionado por la ley y por las circunstancias y sin darse cuenta de que la incapacidad de ver las cosas en su auténtica complejidad lo descalifica —al igual que al gobierno que rechaza— para poder cumplir las bondades que promete. 


1 comentario:

  1. Este agudo trabajo de Roberto me recuerda el ensayo "La política y el idioma inglés" de Orwell. Allí Orwell afirma que el lenguaje político sirve para distorsionar y ofuscar la realidad. Su descripción del discurso político es similar a la definición contemporánea de doble-habla:

    "En nuestra época, el lenguaje y los escritos políticos son ante todo una defensa de lo indefendible. Cosas como la continuación del dominio británico en la India, las purgas y deportaciones rusas, el lanzamiento de las bombas atómicas en Japón, se pueden efectivamente defender, pero sólo con argumentos que son demasiado brutales para que la mayoría de las personas puedan enfrentarse a ellas y que son incompatibles con los fines que profesan los partidos políticos. Por tanto, el lenguaje político debe consistir principalmente de eufemismos, peticiones de principio y vaguedades oscuras. (…) El estilo inflado es en sí mismo un tipo de eufemismo. Una masa de palabras latinas cae sobre los hechos como nieve blanda, difumina los contornos y sepulta todos los detalles. El gran enemigo del lenguaje claro es la falta de sinceridad. Cuando hay una brecha entre los objetivos reales y los declarados, se emplean casi instintivamente palabras largas y modismos desgastados, como un pulpo que expulsa tinta para ocultarse."

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