domingo, 18 de junio de 2017

Salvemos el planeta


VIENTOS DE CAMBIO

Érase una vez…

Un planeta al que sus habitantes que se autoproclamaban racionales llamaban Tierra. Pudieron haberle llamado Agua, ya que la mayor parte de su superficie estaba cubierta de agua, pero ellos entonces no lo sabían. También pudieron haberle llamado Aire, ya que estaba totalmente cubierto por una atmósfera de aire transparente, pero como no lo veían simplemente se pensaban habitantes de la parte seca del planeta, es decir, de la tierra. Aunque necesitaban del agua para vivir y, más aun del aire para respirar, solo se acordaban del agua cuando tenían sed, y del aire cuando soplaba el viento. 
 
El planeta estaba habitado por multitud de otros seres vivos, plantas y animales. El hombre –que así se llamaba el habitante racional de la Tierra– pensó que, por ser racional, tenía derecho sobre todos ellos, y se autoproclamó dueño del planeta. Utilizó plantas y animales en su beneficio, o lo que él creyó que era su beneficio, y a su manipulación de la naturaleza inerte, con la que construyó utensilios, muebles, casas, puentes, carreteras y luego máquinas, fábricas y centrales de energía, añadió su manipulación de plantas y animales: parceló, distribuyó, trasplantó, cultivó la tierra; domesticó y crió animales. Les enseñó a trabajar para él, los empleó como diversión y entretenimiento, como fuente de alimentos, como objeto de investigación en los laboratorios.

Con el uso de su razón, el hombre llegó a modificar la Tierra como no eran capaces de hacerlo los demás habitantes del planeta. Produjo materiales y procesos que nunca antes habían existido en esa forma: metales, plásticos, productos químicos y farmacéuticos, combustibles, gases, recursos energéticos. Alteró los espacios: creó ciudades, construyó embalses, desvió ríos, trasladó, seleccionó y modificó especies vegetales y animales. Fabricó vehículos que surcaron la tierra, el agua y el aire, con lo que extendió su influencia por todo el planeta.

Lo que el hombre no sabía todavía es que mucho antes de que él apareciera, en la larga historia de la Tierra habían vivido muchas más especies de plantas y animales de las que en este momento la habitaban, y que habían desaparecido por diversos cambios ambientales a lo largo de miles de millones de años de evolución. Cambios a veces drásticos, a veces paulatinos, como los que el hombre estaba ocasionando con su manipulación del medio ambiente.

El hombre no se dio cuenta de que su relación con la naturaleza estaba generando un nuevo cambio ambiental, más considerable que muchos de los cambios anteriores, hasta que casi fue demasiado tarde. Cuando empezó a comprender el alcance de sus acciones ya se habían extinguido algunas especies, y casi todas las demás estaban cerca de desaparecer. Lo que quizás era peor, su modo de explotación de los recursos había originado desechos que se acumulaban en los vertederos de la tierra, contaminaban las aguas y ensuciaban el aire, destruyendo la vida animal y vegetal en muchas zonas. Y lo que sin duda era peor, su uso de la energía había generado más desechos que envenenaban todo el planeta, afectando las capas de la atmósfera y generando un aumento de la temperatura global que alteraría fatalmente el hábitat de las especies vivientes… incluido el hombre mismo. Ya se notaban algunas consecuencias, en el recrudecimiento y la mayor frecuencia de vientos y huracanes, la alta radiación solar que llegaba a la superficie de la Tierra, con la acelerada desertificación y la creciente violencia de los incendios forestales, el derretimiento de los polos, con el consiguiente aumento del nivel del mar, y los trastornos del clima en todas partes… Su uso inconsciente de la naturaleza estaba a punto de ocasionar una catástrofe capaz de acabar con toda la vida del planeta.
   
Era hora de hacer algo, y de hacerlo urgentemente. Había que sustituir los recursos contaminantes por energías limpias. Por suerte, existían muchas opciones, algunas de las cuales ya habían empezado a utilizarse: la energía solar, las mareas…, la fuerza del viento, el mismo aire que respiramos, uno de los recursos más limpios y más inagotables, desde la antigua invención del molino. Pero hacer el cambio no sería fácil porque había que poner de acuerdo muchas voluntades, y algunas eran ciegas ante los hechos, o daban prioridad a los viejos modelos económicos sin darse cuenta de que en unos años no habría siquiera economía cuando el planeta fuera inhabitable. La única esperanza era la capacidad de pensamiento racional del hombre mismo.

La historia, en este momento, no tiene un final. Gracias a tanta gente preocupada que limpia, recicla y reduce la contaminación, y que difunde la necesidad de hacerlo, soplan vientos de cambio. Pero no sabemos si lograrán salvar la vida del planeta, el único que sabemos habitable de todo el universo conocido. Mientras tanto, el deterioro de la Tierra avanza.

Hay que proteger las especies vivas, en especial las que están en vías de extinción, para mantener y, si podemos, restaurar el delicado equilibrio en que vivimos. Debemos dejar de producir materiales que destruyen la atmósfera y el medio ambiente, reducir desechos mientras ideamos nuevas formas de eliminar los ya existentes, reciclar las basuras industriales y domésticas, y usar sólo energías no contaminantes.

Estas cosas tenemos que hacer si queremos que la especie humana siga viva en el planeta, porque destruir el equilibrio ecológico nos convertirá, junto con las especies que llevemos a la desaparición, en nuestras propias víctimas. Sólo si conseguimos librarnos de nuestra propia extinción podremos terminar felizmente la historia. Y alguien, en un futuro cercano, podrá leerla.

Érase una vez…