viernes, 22 de febrero de 2013

La palabra de Rajoy

"No he cumplido mis promesas electorales, pero siento que al menos he cumplido con mi deber." Para Mariano Rajoy, al parecer, ambas cosas (cumplir sus promesas y cumplir con su deber) no son lo mismo –ya que, de serlo, su declaración sería contradictoria... lo que, juzgando por lo que hace y dice, tampoco sería nada nuevo. Pero concedámosle, por esta vez, coherencia. Se puede pensar en situaciones en las que el deber (se entiende, el deber ético) nos obligue a no cumplir una promesa. Quienes hayan leído Juan Salvador Gaviota recordarán que la gaviota protagonista siente que no debe cumplir su promesa en el momento en que ésta, pronunciada en una etapa anterior de crecimiento espiritual, le dificulta alcanzar fines que en ese momento no era capaz de comprender y que ahora juzga trascendentes. También puede pensarse en una situación práctica en la que el compromiso responde a un desconocimiento de la situación real. Lo reprochable sería, en uno y otro caso, aferrarse a la palabra empeñada a costa de las impredecibles consecuencias, demostrando una escasa capacidad de criterio. Ni uno ni otro son el caso de Rajoy. No es la gaviota del cuento, en pleno proceso de autodescubrimiento, sino otra clase de gaviota (recuérdese que tras la disimulada apariencia de esta ave está su condición de animal depredador), plenamente adulta y plenamente consciente de la situación ante la que se encontraba, y, por tanto, plenamente responsable de sus compromisos.

¿Qué razón puede haber para que un individuo adulto y con pleno conocimiento, y, además, supuestamente experto en las cuestiones por las que se compromete, no cumpla sus promesas? En cualquier situación laboral, social o personal, un individuo así estaría demostrando inmediatamente su absoluta ineptitud o su mala fe, las únicas razones que explican –nunca justifican– la mentira. (Cabría quizás otra: el paternalismo, bajo el convencimiento de una realidad que sobrepasa la capacidad de previsión y de decisión de otros: siempre rechazable, sobre todo en política, por la orgullosa prepotencia que comporta de sí mismo aunada al desprecio a la inteligencia y la dignidad ajenas. Achacable, sin duda, a otros dirigentes del PP, pero que en Rajoy vendría a corroborar que no sabe distinguir su codo de su nariz.) En el caso de Rajoy, la ineptitud es evidente, desde su nombramiento de sus ineptos ministros, a los que sigue manteniendo en su puesto a pesar de su más que obvia incompetencia (véanse algunas de las entradas anteriores), al hecho estadísticamente evidente de que el país está ahora mucho peor que cuando él llegó al gobierno (a pesar de que entre sus deliberadas mentiras sólo le faltaba asegurar que tenía la varita mágica para solucionar los problemas). Digo que la ineptitud es evidente; y la mala fe también: desde el rebuscado lenguaje con que los ministros y representantes del gobierno pretenden disimular sus reiteradas mentiras (uno no puede dejar de recordar el Ministerio de la Verdad de Orwell, en su novela 1984), hasta el hecho de que sus "reformas", dictadas exclusivamente por los intereseses de poderes económicos, no sólo han echado por tierra derechos laborales, civiles y ciudadanos que había costado mucho conseguir, en tiempo histórico, esfuerzo y vidas humanas, sino que han estado directamente destinadas a empobrecer y dejar en la precariedad, literalmente en la calle –hasta el extremo de la indigencia– a los que tienen menos para darles más riqueza a los más ricos –entre quienes, por si fuera poco, ha abundado y abunda una corrupción desmesurada, incluida la clase política.

Quien considera que "cumplir con su deber" significa estar al servicio del poder del dinero a cualquier precio –incluidos el bienestar, la salud, la educación, la vivienda, el futuro y, en algunos casos, hasta la vida de personas que, desesperadas ante la indefensión laboral, legal y social han recurrido al suicidio–, sólo puede ser considerado (aun dentro de su ineptitud) una mala persona. Ante esta realidad, la nula calidad de su palabra es lo de menos.  

2 comentarios:

  1. Ante esta situación, si la nula calidad de la palabra es lo de menos, es que hay algo de más.

    Al menos espero que los suicidios no sean lo que está de más.

    Besos.



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  2. Los suicidios siempre deberían estar de más, en el sentido de que nunca debieron producirse. En el sentido en que tú te refieres, son una señal grave e inequívoca de que la política no va por buen camino, algo que debería llamar a la responsabilidad al gobierno, y que éste no ve por ineptitud y, como digo, también por mala fe.

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