jueves, 6 de junio de 2013

Desaire al ministro

Según la prensa de ultraderecha y muchos nostálgicos del nacionalcatolicismo que aún quedan, estos graduados universitarios con honores son unos maleducados por no darle la mano al ministro. Debe ser que sacar a la gente de sus casas por la fuerza, reducir los salarios, dejar sin empleo y hasta en la indigencia a una parte considerable de la población, aumentar los impuestos al pueblo para salvar del desastre que han causado quienes cobran sueldos millonarios, y siguen cobrándolos, estafando y aplicando cláusulas abusivas, dejar la sanidad en situación precaria, impedir el acceso a la justicia, golpear brutalmente y multar a quienes ejercen el derecho de protestar, imponer una educación doctrinaria y selectiva… es respetar a los ciudadanos y sus derechos. "Si vas a faltar el respeto –piensan ellos–, al menos guarda las apariencias. Sé tan hipócrita como nosotros, que para eso es la educación que queremos darte. Hay que dar la mano a quien te golpea, te expolia, te humilla y te despoja de tus derechos." Pues estos universitarios, con más formación que muchos de esos ministros cuyo único mérito es pertenecer a un partido político, han dicho no. No van a dar la mano a alguien que forma parte activa de quienes hunden al país en la vergüenza. Un gesto que los honra.   

lunes, 18 de marzo de 2013

Se acabaron los desahucios... (¿?)

Ha tenido que intervenir el Tribunal de Justicia de la Unión Europea para decirle a España que los desahucios son contrarios a la normativa europea, a la justicia, a los derechos de las personas y al más mínimo sentido de humanidad.

Vergüenza para los bancos y las entidades financieras españolas que aplicaban cláusulas abusivas (esta misma denominación usa la sentencia del Tribunal).
Vergüenza para los jueces que no se rebelaron en sentido de justicia contra esos abusos (algunos sí lo hicieron, honrosamente, aferrándose a cualquier posibilidad que les dejaba la ley, o acudiendo a ese mismo Tribunal. Honor para ellos).
Vergüenza para la policía, los bomberos y los cuerpos del Estado que colaboraron y contribuyeron a los desahucios (pudieron haberse negado, como algunos honrosamente lo hicieron –Honor para ellos también–. Tenían un recurso legal disponible: la objeción de conciencia).
Vergüenza para los periodistas y medios de difusión que respaldaron (y respaldan, todavía tienen la desfachatez) esos procedimientos.
Vergüenza para todos los gobiernos españoles de la democracia que no se atrevieron a derogar una ley de hace un siglo y prefirieron seguir actuando como lacayos de los bancos y los poderosos a quienes beneficiaba la injusta ley.
Vergüenza para los políticos que no propusieron la eliminación de esa injusticia (algunos sí lo hicieron sin ser escuchados: honor para ellos). 
Vergüenza para la poderosa Iglesia católica española, que sí sabe protestar, salir a la calle y hasta amenazar con excomunión a quienes se oponen a sus dogmas pero que se ha olvidado de su principal mandamiento (nadie ha visto manifestaciones de la Iglesia en contra de los desahucios).
Vergüenza para Rajoy que apenas un día antes respondía negativamente en el Congreso a la eliminación de esa ley, demostrando que es un títere al servicio de los bancos. (Véase Las mentiras de la banca y la hipocresía del gobierno).
Vergüenza para Gallardón, cuyo sometimiento a los poderes económicos demuestra que no tiene el más mínimo sentido de la justicia –por eso ha tenido que recordárselo el Tribunal europeo. (Véase La justicia, los bancos y la ley de desahucios).

... Pero no seamos ingenuos. Los bancos, las entidades financieras, los políticos corruptos a su servicio, seguirán confabulando para encontrar resquicios legales por los que seguir aplicando cláusulas abusivas.  

viernes, 22 de febrero de 2013

La palabra de Rajoy

"No he cumplido mis promesas electorales, pero siento que al menos he cumplido con mi deber." Para Mariano Rajoy, al parecer, ambas cosas (cumplir sus promesas y cumplir con su deber) no son lo mismo –ya que, de serlo, su declaración sería contradictoria... lo que, juzgando por lo que hace y dice, tampoco sería nada nuevo. Pero concedámosle, por esta vez, coherencia. Se puede pensar en situaciones en las que el deber (se entiende, el deber ético) nos obligue a no cumplir una promesa. Quienes hayan leído Juan Salvador Gaviota recordarán que la gaviota protagonista siente que no debe cumplir su promesa en el momento en que ésta, pronunciada en una etapa anterior de crecimiento espiritual, le dificulta alcanzar fines que en ese momento no era capaz de comprender y que ahora juzga trascendentes. También puede pensarse en una situación práctica en la que el compromiso responde a un desconocimiento de la situación real. Lo reprochable sería, en uno y otro caso, aferrarse a la palabra empeñada a costa de las impredecibles consecuencias, demostrando una escasa capacidad de criterio. Ni uno ni otro son el caso de Rajoy. No es la gaviota del cuento, en pleno proceso de autodescubrimiento, sino otra clase de gaviota (recuérdese que tras la disimulada apariencia de esta ave está su condición de animal depredador), plenamente adulta y plenamente consciente de la situación ante la que se encontraba, y, por tanto, plenamente responsable de sus compromisos.

¿Qué razón puede haber para que un individuo adulto y con pleno conocimiento, y, además, supuestamente experto en las cuestiones por las que se compromete, no cumpla sus promesas? En cualquier situación laboral, social o personal, un individuo así estaría demostrando inmediatamente su absoluta ineptitud o su mala fe, las únicas razones que explican –nunca justifican– la mentira. (Cabría quizás otra: el paternalismo, bajo el convencimiento de una realidad que sobrepasa la capacidad de previsión y de decisión de otros: siempre rechazable, sobre todo en política, por la orgullosa prepotencia que comporta de sí mismo aunada al desprecio a la inteligencia y la dignidad ajenas. Achacable, sin duda, a otros dirigentes del PP, pero que en Rajoy vendría a corroborar que no sabe distinguir su codo de su nariz.) En el caso de Rajoy, la ineptitud es evidente, desde su nombramiento de sus ineptos ministros, a los que sigue manteniendo en su puesto a pesar de su más que obvia incompetencia (véanse algunas de las entradas anteriores), al hecho estadísticamente evidente de que el país está ahora mucho peor que cuando él llegó al gobierno (a pesar de que entre sus deliberadas mentiras sólo le faltaba asegurar que tenía la varita mágica para solucionar los problemas). Digo que la ineptitud es evidente; y la mala fe también: desde el rebuscado lenguaje con que los ministros y representantes del gobierno pretenden disimular sus reiteradas mentiras (uno no puede dejar de recordar el Ministerio de la Verdad de Orwell, en su novela 1984), hasta el hecho de que sus "reformas", dictadas exclusivamente por los intereseses de poderes económicos, no sólo han echado por tierra derechos laborales, civiles y ciudadanos que había costado mucho conseguir, en tiempo histórico, esfuerzo y vidas humanas, sino que han estado directamente destinadas a empobrecer y dejar en la precariedad, literalmente en la calle –hasta el extremo de la indigencia– a los que tienen menos para darles más riqueza a los más ricos –entre quienes, por si fuera poco, ha abundado y abunda una corrupción desmesurada, incluida la clase política.

Quien considera que "cumplir con su deber" significa estar al servicio del poder del dinero a cualquier precio –incluidos el bienestar, la salud, la educación, la vivienda, el futuro y, en algunos casos, hasta la vida de personas que, desesperadas ante la indefensión laboral, legal y social han recurrido al suicidio–, sólo puede ser considerado (aun dentro de su ineptitud) una mala persona. Ante esta realidad, la nula calidad de su palabra es lo de menos.