miércoles, 26 de septiembre de 2012

Hacia un estado totalitario

Las manifestaciones frente al Congreso


Todos lo hemos visto: en las calles, en la televisión, en internet... Sobran las imágenes. Energúmenos policiales acorazados de pies a cabeza y armados de instrumentos contundentes descargando las frustraciones de su baja estima humana a golpes contra personas de todas las edades, sexo y condición, que se enfrentan a la animalidad con las manos en alto, desarmadas, en el libre ejercicio de sus derechos ciudadanos. Cacheos en autobuses a ciudadanos que no han cometido delito alguno y cuyo solo objetivo es expresarse, en ejercicio de un derecho que supuestamente les garantizan las leyes. Declaraciones tremendistas desde el gobierno, de quienes deberían ser los primeros en prestar oídos a las voces de quienes dicen representar. Medidas extraordinarias y redundantes para proteger a quienes hacen las leyes de aquellos para quienes dicen hacerlas... 

¿Qué está pasando en España? ¿Es este el país que ejemplarmente cambió una dictadura de 40 años por la moderna democracia europea? ...¿O es que ese cambio no fue tan ejemplar? ¿Es que seguimos anclados en un pasado represivo que nos alcanza con actitudes y procedimientos que creíamos superados? ...¿Nos equivocamos al elegir a nuestros representantes? 

Porque el gobierno de Rajoy y su grupo parece pensar –no es que piensen mucho– que los problemas económicos gestados durante años por las malas actuaciones de grupos financieros arropados por el aprovechamiento y la mala conciencia de quienes debieron haberlos controlado en su momento, y que son los mismos –unos y otros– que quieren seguir repartiéndose el pastel, se van a resolver quitándole su dinero a los ciudadanos para dárselo a los mismos ladrones y manirrotos, y así ellos poder seguir disfrutando de la buena vida –como nunca han dejado de hacer– a costa de los más inocentes y débiles. Y si para eso hay que cambiar las leyes pues simplemente se cambian, ya que tienen el poder para hacerlo. 

Rebajas de sueldos, aumentos de impuestos, disminuciones cada vez más drásticas de los servicios asistenciales y educativos, reducción –para ellos ¿no sería mejor eliminación?– de las actividades culturales, desaparición de derechos económicos, sociales y políticos... todo vale para conseguir su fin: el mantenimiento –¿por qué no incluso la mejora?– de sus propios beneficios a costa de quienes los han votado esperando crédulos en un programa político que prometía creación de empleo y mejora de la economía. En cambio, las medidas del gobierno han producido un recrudecimiento de la situación, agravada por una disminución de los derechos ciudadanos... para que la gente no moleste tratando de ejercerlos.  

Lo importante –lo único importante– es pagar la gigantesca deuda en la que incurrieron los grupos financieros y de poder político (muchas veces a través del enriquecimiento ilícito) para que  puedan seguir disfrutando de sus privilegios, puesto que hay población suficiente en el país para cargar sobre sus hombros ese peso. Por su enorme compromiso político, el gobierno no echará el peso sobre los responsables, y por su propio interés carente de conciencia social, tampoco sobre sí mismo. Así, pues, la única salida –es la insistente idea que tratan de vendernos– es hacer pagar a la ciudadanía. 

Pero todo el mundo sabe –aunque el gobierno pretenda ignorarlo– que cuando las cosas van mal, la solución no es nunca reducir los gastos: éstos no pueden reducirse sino hasta cierto punto, porque hay necesidades básicas: no se puede dejar de comer, hace falta un techo para guarecerse, la salud es requisito indispensable de todo lo demás y, hoy día, la educación es fundamental para poder acceder al trabajo y a una vida digna. No obstante, la cifra de paro es alarmante desde hace ya tiempo y sigue creciendo, los desahucios se han multiplicado de manera preocupante en los últimos años, los servicios de salud han visto los peores recortes de la democracia, y la educación está a punto de convertirse en elitesca. 

El gobierno no parece advertir la gravedad de estas alarmas, dedicado como está a proteger su elevado estilo de vida y el de sus cómplices financieros. Por eso se blinda ante el pueblo y pone en práctica todas las medidas represivas a su alcance. Y si algunas no lo están, ya sabemos, se cambian las leyes. Ya amenazó con enviar a la cárcel a quienes protestan. Ayer vimos cómo algunos manifestantes detenidos eran golpeados por la policía aun dentro del furgón policial. ¿Qué más cabe esperar? 

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