sábado, 20 de agosto de 2011

Las visitas del Papa a España

Las visitas del Papa a España

En su actual visita a España, el Papa (está en el país mientras escribo) ha criticado el crecimiento de un laicismo que ha calificado de “un anticlericalismo, un secularismo fuerte y agresivo como se vio en la década de los 30”, y ha dicho que, en consecuencia, “España necesita una nueva evangelización”.

Dos respuestas, creo, amerita esta crítica, dirigida a un sector importante –diría más: diría mayoritario, diría abrumadoramente mayoritario, como veremos con cifras– de la sociedad española, que ha elegido libremente, por la vía de la participación y la representación democráticas, el estado laico como expresión de una actitud independiente, tolerante y abierta a todos los credos e ideologías, en igualdad de condiciones y dentro del respeto mutuo del modo de vida de todos sus ciudadanos.

La primera e inmediata respuesta que suscita la admonición del Papa, tiene, a su vez, forma de pregunta: ¿Se trata de una crítica –una crítica más, deberíamos decir, de las muchas que recientemente ha hecho la Iglesia– a la política interna del país, a la voluntad democrática de sus ciudadanos? ¿Es una advertencia, proferida desde un poder religioso hoy venido a menos, un obvio aviso de un plan de acción a la militancia eclesiástica para recuperar esas almas perdidas? ¿O una amenaza velada?… Porque recordemos que en los años 30 la Iglesia española, sintiéndose desplazada por las reformas sociales y la creciente toma de conciencia ciudadana de los derechos políticos y civiles, promovió y respaldó el golpe de estado fascista que acabó con esos derechos y reivindicaciones, con la República, con la familia, la libertad y la vida de cientos de miles de personas, para instaurar seguidamente uno de los regímenes totalitarios más opresivos, vengativos y oscurantistas del siglo XX, el mismo que recibió el apoyo del Tercer Reich y la repulsa y el aislamiento, durante largo tiempo, del mundo civilizado.

La comparación del señor Ratzinger, autollamado Benedicto XVI, al evocar el momento actual, con la situación sociopolítica de España en los años 30, no puede menos que evocar también la feroz brutalidad del régimen contra el rumbo de libertades que la República estaba tomando en esos momentos… Atropello respaldado, no lo olvidemos, por la Iglesia, porque nunca faltó el crucifijo en los dormitorios y despachos de los funcionarios de la dictadura, quienes iban religiosamente a misa, ni los abundantes concordatos con la Santa Sede, el trato especial, el otorgamiento de prebendas y beneficios, y hasta la encomienda de la educación en manos de curas y monjas…, quienes poco antes habían visto amenazado su dominio de siglos sobre las conciencias de los ciudadanos y ahora lo recibían recuperado con creces. ¿Es esto lo que quiere que recordemos el teólogo Ratzinger con su referencia explícita a aquel momento histórico?

La segunda respuesta, inevitablemente vinculada con la primera es esta: Se puede, señor Ratzinger, por la fuerza y la represión de las conciencias, retrasar, pero no cambiar el curso de la historia. ¿De qué sirvió la represión militar y fascista impuesta en España, su larga duración (para no mencionar las cárceles, razzias, torturas y muertes), el nacionalcatolicismo del régimen, la educación religiosa, el predominio absoluto y aplastante, sin réplica, de las doctrinas de la Iglesia durante 40 años… si ahora la situación, como usted señala, vuelve a ser comparable a la de aquellos tiempos?… Pero no se engañe. El tiempo no pasa en vano. La interrupción del desarrollo histórico no comporta una vuelta, años más tarde, al punto de partida, sino, como muestra siempre la historia, a un estadio superior.

El predominio de la Iglesia pudo interrumpir el desarrollo de la ciencia antigua (el llamado Renacimiento Alejandrino) durante un milenio, y ocultar los sorprendentes avances del mundo helenístico para su época, como prueba la profusa documentación reencontrada y la reconstrucción arqueológica de las destrucciones masivas realizadas por los fanáticos religiosos de los primeros siglos del cristianismo. Pero cuando resurge la ciencia en los siglos XV y XVI no lo hace exactamente en el mismo punto y con la misma pauta de desarrollo. Muchas cosas han cambiado. Factores culturales y técnicos, aunque simples, que antes no existían, cambios de pensamiento que provocan un avance inesperado. La ciencia ha progresado más en los últimos siglos que en toda la historia anterior, y más aún en los años recientes que en toda la historia, incluida la inmediatamente anterior a esta.

Así, señor Ratzinger, la actual situación social y política española no tiene más que un aire de semejanza con la de los años 30, aunque su visión, anclada en el pasado, no le permita verlo… O quizás sí, y de ahí su insistencia en venir una y otra vez a España (tres visitas en cinco años, las dos últimas en solo 8 meses). ¿Teme que la Iglesia católica acabe de perder su antigua omnipresente influencia y su dominio absoluto sobre las conciencias de los españoles, más cercanos hoy que nunca a una laicidad democrática? Porque es exactamente lo que reflejan las estadísticas: no se engañen los creyentes por la apariencia, no son mayoría. Que se concentre gran cantidad de fieles (por cierto, muchos venidos de fuera) alrededor del Papa no significa que el país sea católico, como el hecho de que un gran número de enfermos coincida en los hospitales no significa que el país esté mal de salud, ni que la universidad rebose de estudiantes significa que toda la población se dedique al estudio. Las cifras del Instituto de la Juventud señalan que, en los últimos años, solo el 10% de los jóvenes de 15 a 29 años son católicos practicantes (frente a un 75% en el año 1975). Un estudio de la Fundación Santa María (que no es precisamente promotora del laicismo) indica que en nuestro país solo un 6% de los jóvenes considera la religión muy importante, y el 16% bastante importante. Más datos estadísticos aquí:
http://www.rtve.es/noticias/20110818/papa-visita-espana-donde-solo-10-jovenes-se-declara-catolico-practicante/455412.shtml

En efecto, la otrora omnipresente Iglesia católica va perdiendo adeptos a ritmo acelerado. Y España ha sido durante largo tiempo uno de sus mayores bastiones, quizás el último importante que le queda en el mundo occidental, dejando aparte Latinoamérica; de ahí la insistencia del papado en “una nueva evangelización”. Pero las circunstancias hoy son otras. España y el mundo han cambiado. Nuestro país ha salido de la represión política y mental de los años tenebrosos para incorporarse a la corriente de la autodeterminación, de los derechos políticos y sociales y de la libertad de conciencia. España en los últimos años ha decidido reconocer los derechos humanos, legales y sociales de la mujer, de los homosexuales, de todos los ciudadanos en un estado laico, de la libertad de conciencia, del divorcio, de los controles de natalidad, del derecho al aborto y a una muerte digna. A todo ello se ha opuesto la Iglesia con una beligerancia no vista en otros sitios, como si estuviera defendiendo –así lo cree, sin duda– su antiguo feudo. Ha usado el púlpito para hacer política, ha emitido manifiestos y condenas, ha hecho propaganda pública y privada, ha organizado marchas fuera de las iglesias y hasta ha llegado a amenazar de excomunión a los legisladores –sin conseguir sus objetivos. La mentalidad de la población española ha cambiado, por más que los grupos nacionalcatólicos que subsisten, añorantes del antiguo régimen, se empeñen en negarlo con todo el alboroto de que son capaces. En España, todavía hoy un 73% de la sociedad puede llamarse católica, por tradición, pero solo el 14% va a misa los domingos.

La crítica del Papa Ratzinger al laicismo de la población española es una muestra más de una actitud que solo puede interpretarse como una injerencia indebida en la política del país –recordemos que el Papa es jefe de Estado y, como tal, está obligado a respetar la libre determinación de cada nación. El Papa y sus prelados, en calidad de líderes religiosos, pueden dar órdenes y prohibiciones de lo que deben o no hacer, decir y pensar a sus feligreses, pero no tienen ningún derecho a intentar imponer su doctrina a nadie fuera de la Iglesia. Ha pasado la época en que la Iglesia, plena de un poder político que nunca fue legítimo, dictaba la conducta de todo el mundo, decidía sobre la vida y la muerte de creyentes y no creyentes (sobre todo, de estos últimos), y dictaminaba el contenido de las conciencias. Como han respondido el ministro de la Presidencia y el propio presidente, hoy España es un estado aconfesional, y las leyes las hace el Parlamento, no la Iglesia católica.

viernes, 19 de agosto de 2011

Más indignación



No hay palabras ya para expresar lo que está pasando en el país. Con motivo de la visita del Papa, que ha despertado controversia y protestas en la moderna España múltiple y laica, surge el viejo y rancio nacionalcatolicismo que ya debía haber sido superado, ahora encarnado en estos animales de la porra para golpear a indefensos ciudadanos por reclamar sus derechos, o solo por circular libremente haciendo su trabajo.

Lo menos que esto amerita es protesta, denuncia, destituciones, exigencia de medidas correctoras y divulgación de la inaceptable intolerancia tras el prepotente abuso de poder.